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Opinión | EDITORIAL

Cómo nos puede ayudar la IA

Cuando ChatGPT se presentó al público general (noviembre de 2022, hace muy poco más de tres años) la conversación pública sobre la inteligencia artificial arrancó entre la fascinación por sus posibilidades, las reticencias que acompañan cualquier cambio tecnológico con potencial disruptivo y temores más vinculados al imaginario de la ficción más distópica y fantástica. En ese brevísimo lapso de tiempo la utilización masiva de las versiones más difundidas de IA generativa ha familiarizado a cientos de millones de personas con este nuevo instrumento. Aunque una de sus caras visibles en esa popularización sean usos más bien recreativos, o como estamos viendo estos días de zozobra internacional, con riesgos de alimentar la desinformación, hace tiempo ya que este no es más que un fleco anecdótico frente a las posibilidades que están empezando a desplegar empresas, instituciones y profesionales. Incluso cuando los usuarios no sean conscientes de que detrás de un proceso que les hace la vida más fácil el motor sea la IA. Ante el inicio del Mobile World Congress y el encuentro 4YFN, el director de este último evento, Pere Duran, recordaba que en ediciones anteriores el 70% de las empresas decían que estaban experimentando con la IA y este año, en cambio, ya el 56% de los participantes indicaban que el producto que exponían disponía de IA como motor. Se trata de una revolución en positivo que plantea retos y oportunidades en los que se redefinirán los procesos internos de cualquier organización y la relación de estas con sus usuarios y clientes.

La utilización de la IA para transcribir la conversación entre médico y paciente e incorporarla en el historial de este ya tiene más de un año de uso en los centros de salud catalanes, y con una valoración positiva por parte de sus usuarios, que ven cómo reducen el tiempo dedicado a papeleo y, además, pueden concentrarse más en la interacción humana que en una tarea rutinaria. Una aplicación que saltará por primera vez a un hospital (Can Ruti, en Badalona).

Otro ejemplo de las posibilidades de la supercomputación, que ya no se entiende sino en el entorno de la IA: cómo el Barcelona Supercomputing Center ha desplegado en el MWC un «simulador de extremos climáticos» en el que se puede visualizar cómo estos episodios están cambiando el mundo. Una herramienta para prevenir y concienciar (e informar). O el proyecto de nueva sala de coordinación policial de los Mossos d’Esquadra, un prototipo que integra la respuesta a los avisos recibidos de ciudadanos y servicios de emergencia, de las imágenes de videovigilancia, de las patrullas policiales y de la información que fluye por las redes sociales. Un volumen de datos que la IA ayudará a cribar.

La capacidad de hacer llegar la innovación no solo a grandes empresas capaces de impulsar grandes desarrollos propios de software, como hasta ahora, abre la posibilidad de transformar, gracias a la facilidad de uso y de aplicarla a infinidad de soluciones a medida, la competitividad de pequeñas empresas y profesionales independientes. También de ser la palanca para desbloquear rutinas burocráticas y acercar la administración al ciudadano. Un proceso que puede poner en peligro a perfiles profesionales y empresas que no se adapten al cambio, pero que puede permitir dar un salto a quienes sí lo hagan y sepan utilizarla para satisfacer necesidades de forma más eficaz.

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