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Opinión | Peces de ciudad

El ruido de la pólvora

Pancho deambula por la casa, sin rumbo, escapando del estruendo, del golpe constante, del imprevisto, trastabillando con su artrosis de cadera, con sus patas inseguras, buscando refugio, un lugar seguro donde esconderse y huir de las explosiones de la pólvora.

Nuestra calle es un campo de tiro de todo tipo de cohetes, tracas, masclets, voladores, truenos, bombas triples, bombetes, corredores, volcanes… No hay tregua durante el día, cada instante un estruendo, un sobresalto. Mi perro sufre, y mucho, como todas las mascotas cuando llegan las fiestas de Magdalena. Es una de las partes de la fiesta menos agradable.

Y las bombas tienen disparo infantil, se manipulan entre pequeñas manos, a partir de cuatro o cinco años, porque lo veo desde mi ventana. Acompañados por sus padres, los niños no cesan de encender la llama y no se trata de bombetes.

Los jóvenes son otro nivel, porque lanzan cohetes capaces de hacer temblar la casa, estos artefactos, en muchas ocasiones, se colocan bajo coches, en contenedores, dentro de latas de bebida, para alcanzar el máximo estruendo. Nuestra calle céntrica es un campo de tiro.

Mirando la Magdalena infantil y juvenil de pólvora, pienso que en cada preciso instante que suena un petardo, suena una bomba en algún lugar del mundo. Porque están cayendo bombas en Teherán, en Líbano, en Gaza, en las bases americanas de los mega países árabes, en Ucrania… Recuerdo a aquellas familias ucranianas que llegaron refugiadas a Castelló, huyendo de la guerra.

La primera Magdalena de estas personas fue un tormento de miedo. El disparo de cohetes les encerró en casa. Ojalá todas las bombas fueran cosa de una fiesta. Estremece el ruido de la pólvora.

*Amparo Panadero es periodista

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