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Opinión | BABOR Y ESTRIBOR

Adiós, maestro

Antes de que Paco Rabal fuese Juncal ejercía el mano a mano con Raúl del Pozo en las noches canalla del Madrid de la Transición, con remate de bordadas faenas de chicuelinas sin capote, en infinitos amaneceres de truhanes libertarios. Genios del guiñol de la vida: Rabal de las tablas y el celuloide, del Pozo de las letras con olor a tinta fresca de las páginas diarias impresas en rotativa en tiempos de las linotipias. Rabal se fue hace 25 años en busca de la Milana bonita allá de donde nadie ha vuelto. El maestro Raúl del Pozo acaba de despedirse para siempre y no habiendo sido padre ha dejado un abigarrado elenco de huérfanos en ese oficio tan denostado llamado periodismo.

La libertad define la trayectoria vital de Raúl, coloso de la información capaz de ser comunista a las órdenes de un director falangista como lo fue Emilio Romero, de quien aprendió las reglas de oro del que García Márquez definió como el mejor oficio del mundo. Pateando la calle entendió los códigos para buscar la verdad y contarla. Ejerció con brillantez el más difícil reto para un plumilla: la columna diaria. A caballo entre el estilo del mejor Hemingway y el retorcido colmillo del Quevedo perseguido, su prosa brilló con luz propia. En los estertores del felipismo, Raúl pasó a formar la nómina de los proscritos del entonces denominado sindicato del crimen, junto a Umbral, Cebrián, Martín Prieto y Pedro J., entre otros. El sindicato del crimen del imaginario socialista de Felipe hoy es el barro y el bulo acuñados por Sánchez. Raúl nos deja huérfanos.

Periodista y escritor

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