Opinión | VIVIR ES SER OTRO
Romería en tres actos
Hoy, en lugar de opinión, permítanme que haga crónica, o algo parecido: cómo viví el evento principal de las fiestas, la romería a la Magdalena. Serán tres actos con otras tantas anécdotas.
Acto primero
Este año inauguramos modalidad de transporte: subimos en autobús. Además, por problemas de logística y coordinación, salimos tarde, pasadas las once. La fortuna es que la parada estaba muy cerca de nuestra casa. Vamos, tan cerca que para estarlo más debería situarse en el pasillo mismo. ¿Por qué elegimos esa manera de ir? Pues porque varios de los miembros adultos del grupo andan un tanto escacharrados, con dolencias variadas que volvían complicado el viaje a pie. «No pesan los años, pesan los kilos», decía un anuncio de los 80, o de los 90. Pero a medida que voy cumpliendo, siento y veo en la gente de mi generación que el tiempo no pasa en balde. Rozando los 50, o superándolos, empiezan a aparecer ya teclas.
Acto segundo
La segunda remesa del grupo éramos cinco, tres adultos y dos niños. Justo para ocupar las plazas de la última fila del autobús que, en unos minutos, debía llevarnos a la ermita. Salimos tarde, pero con buen humor. Pasamos el trayecto hablando, distraídos porque el paisaje, la verdad, lo tenemos muy visto. Llegamos casi a nuestro destino, a una rotonda cerca de donde había muchos coches aparcados. Nos mantuvimos allí unos buenos 10 minutos. No entendíamos nada y comentábamos que bien podrían abrirnos las puertas y bajarnos allí. Pero no: arrancó y enfilamos camino hacia el norte, alejándonos cada vez más de la multitud que marchaba en romería. La Magdalena empezó a quedar atrás. Muy atrás. Ahí ya entendimos que algo iba mal y que el conductor buscaba un lugar donde dar la vuelta. Los pronósticos eran claros: hasta Benicàssim no iba a poder hacerlo. Así ocurrió y volvimos a ver el destino cada vez más cerca. Y más y más cerca.
Y luego, más lejos. Más y más lejos. Y es que, por segunda vez, volvimos a dejar atrás el lugar al que íbamos. Así hasta llegar al Hospital de la Magdalena, donde dimos la vuelta y, entonces sí, enfilamos correctamente la carretera hasta llegar al sitio previsto. Cuando bajamos del autobús, quienes nos esperaban ya habían comido. La anécdota dio para otra media hora de bromas: con los tres euros del viaje, recorrimos cinco o seis veces los kilómetros que el resto de autobuses.
Acto tercero
Poco después de la una, tres adultos con seis niños decidimos hacer cola para tocar la campana. Para varios de los pequeños era su primera vez. Tras casi dos horas, insisto, con seis niños de entre 6 y 9 años, cuando estábamos cerca de la escalera (solo había tres personas delante), aparecieron dos policías y dijeron que ya no podía subir nadie más. Una madre de nuestro grupo cogió a su hijo pequeño y le dijo: «Ahora puedes llorar todo lo que quieras». No sé qué le comentó al agente, pero por fortuna nos permitieron subir. Menos mal, porque el suplicio no fue pequeño, ni en tiempo ni en pataletas de los pequeños.
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