Opinión

Redactor especializado en Deportes
No os emocionéis tanto
Ojalá ser la primera mascota que no anima, sino desanima. La mascota que te quita las ganas de vivir.

La mascota Cat, en el pasillo central del Liceu, con los jugadores del primer equipo de fútbol. / FCB
La ida de los octavos de final de la Champions ha sido demasiado golosa. Los que vivimos tratando de negar la superioridad de la Premier League recibimos una inyección de felicidad con la ausencia de victorias inglesas. Todos corrimos a comentarlo porque el placer puede ser efímero. Obviamente, y más en este caso: aún quedan los partidos de vuelta.
Por eso, por mi parte, enseguida opté por el freno. Escribí un tuit y en el último momento no lo publiqué y lo dejé en borradores. Esto es algo que me pasa mucho últimamente. Huyo de la opinión porque dudo, huyo sobre todo porque pienso que tener razón no merece la pena. Además, si pronosticas algo y el tiempo te da la razón, nadie lo va a tener cuenta. Pero si el tiempo te deja en ridículo, sufrirás una larga condena.
Frente al fútbol, soy casi una piedra. Se acabaron las discusiones futboleras. Se acabaron los dramas y las emociones intensas. Se acabó la pasión: ya he sufrido demasiado y creo que no compensa. Ahora estoy perfeccionando mi técnica. Da igual si veo el partido en casa, en la grada o en el pupitre de prensa. Da igual si es ocio o trabajo, que apenas me muevo. No grito, no me levanto, no exteriorizo ningún sentimiento. Soy una escultura del Renacimiento. Podría decir que disfruto con mi sofisticada actitud de mierda. Encuentro un íntimo placer cuando todos se alteran, alrededor, y yo observo el panorama con cara neutra, en silencio, quieto y controlando los nervios. Quizá sean restos del indie que llevo dentro.
En esta línea innovadora que estoy construyendo, y hablando con un amigo, fantaseamos con convertirme en mascota. En mascota de equipo de fútbol, pero no una cualquiera. Sería la antimascota. La primera mascota que no anima, sino desanima. La metamascota, la posmascota, la que no se integra. Ni siquiera me disfrazaría, ni de oso ni de gorila ni de perro. Simplemente iría yo, vestido ‘normal’, actuando ‘normal’. La gente se preguntaría de qué va esa mascota que no parece una mascota sino un señor con problemas, y esa mascota no iría de nada.
Calma, queda mucho
Simplemente existiría. Vería el partido sentado. Miraría el teléfono móvil. Pasaría calor en verano y frío en invierno. Cuando nuestro equipo marcara un gol, pediría calma. Tranquilos, les diría, no os emocionéis tanto que aún falta mucho partido, que aún nos pueden empatar, que lo normal es perder y todo eso. La mascota que te quita las ganas de vivir. La que te recomienda que vuelvas a casa a estudiar si tienes un examen mañana, que madures, priorices y no pierdas el tiempo. La mascota que te aconseja que no condiciones tu vida por el fútbol. La que te pregunta cuánto tiempo hace que no visitas a tu abuela.
La mascota alérgica al entusiasmo, a la grandeza y al riesgo. La mascota mal. La que no baila, la que da como mucho una palmadita en el hombro. La mascota de la resignación, la que se conforma, la que acaba el partido, se levanta y dice ‘pues bueno’.
La mascota que te dice que no te alegres mucho si pierden los ingleses, que todavía queda el partido de vuelta.
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