Opinión | AL CONTRATAQUE
Castellón frente a la guerra
La guerra es un desastre que cobra vidas humanas. Cada muerte, cada desplazamiento forzado, cada hogar destruido deja secuelas irreparables. Y junto a ese sufrimiento, genera impactos menos visibles, pero igualmente devastadores para la vida cotidiana de quienes no empuñan armas. En nuestra provincia, ya empezamos a percibirlos.
El sector cerámico de Castellón sufre subidas de costes que obligan a reajustar planificación y producción. El transporte y la actividad agrícola también se ven afectados, mientras los hogares pierden poder adquisitivo y deben recortar gastos cotidianos: la cesta de la compra, la luz, la calefacción, incluso el ocio. De alargarse la guerra, la vida diaria se convertirá en un ejercicio constante de adaptación frente a decisiones que parecen tomadas en otra dimensión.
Todo esto podría mitigarse con políticas de protección social, pero la negativa del PP, Vox y Junts a aprobar el escudo social ha dejado a empresas y familias más expuestas. Para algunos, confrontar con el gobierno prima sobre cualquier otra consideración.
Sin embargo, la responsabilidad no es solo de los políticos. La sociedad también tiene su cuota: premiar discursos populistas, vacíos o viscerales y legitimar a quienes actúan a la contra tiene consecuencias. Es la normalización del mal, de la que hablaba Hannah Arendt: aceptar situaciones injustas, incluso dañinas, sin alterarse. Hoy, esta dinámica se amplifica a través de redes sociales y medios digitales, donde la indignación inmediata y el lavado de conciencias hacen que la pasividad parezca natural.
Resulta consternador que Von der Leyen declare que Europa ya no puede ser la guardiana del orden, sino que debe actuar bajo la lógica de la fuerza. Mientras los límites se diluyen y las normas pierden fuerza, las vidas de inocentes siguen siendo el precio más alto.
En Castellón, los efectos pueden parecer menores, pero son significativos: la economía local se ajusta a costes más altos, al transporte encarecido y a la presión sobre el sector primario. Nuestra vida cotidiana se convierte en un terreno de improvisación permanente.
En un mundo donde las instituciones se debilitan y lo cotidiano queda a merced de la urgencia, y donde esta lógica atraviesa política y economía, los costos siempre recaen sobre quienes no tienen poder: inocentes que mueren, trabajadores y familias que deben estirar cada euro para llegar a fin de mes.
Frente a ello, tenemos una doble obligación, tanto moral como cívica. Por un lado, defender la vida cotidiana, como garantía de la democracia, asegurando que salarios, pensiones y hogares no sean víctimas de la improvisación. Por otro, proteger el marco global de normas y acuerdos que impide que la fuerza bruta se imponga sobre los derechos de los pueblos. Y esta responsabilidad no es solo de los gobiernos: desde Castellón, como desde cualquier otro lugar, debemos alzar nuestra voz y actuar; no podemos permanecer impasibles. Si todos lo hacemos, nuestra conciencia y acciones no caerán en saco roto. Salvar la democracia y preservar ese equilibrio internacional son dos caras de la misma responsabilidad: requieren prudencia, coherencia y acción sostenida. En una sociedad líquida, acelerada y sin límites claros, eso es reflexión; eso es política; eso es resistencia.
Profesor de Filosofía y militante del PSPV
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