Opinión | el turno
Las guerras que matan vidas inocentes
Las guerras, más allá de sus fronteras visibles, dejan cicatrices que trascienden generaciones. Para quienes viven en los territorios afectados, el conflicto no es un titular ni una estadística: es el eco de explosiones en mitad de la noche, la incertidumbre diaria sobre si habrá agua, luz o simplemente vida al día siguiente. Son familias separadas, escuelas vacías y ciudades que se convierten en mapas de ruinas. En cada guerra hay demasiados inocentes atrapados entre intereses que nunca fueron los suyos.
Lo más doloroso es la normalización de lo inaceptable. Las muertes de civiles se presentan como «daños colaterales», una expresión aséptica que oculta tragedias humanas irreparables. En un mundo cada vez más polarizado, cada bando construye su propio relato y convierte al otro en enemigo absoluto, como si la realidad solo pudiera entenderse en blanco y negro. Esta lógica binaria nos empuja a justificar lo injustificable, a cerrar los ojos ante el sufrimiento si procede del otro lado. La política de trincheras llevada a su máximo extremo.
Mientras tanto, el derecho internacional (creado precisamente para limitar la barbarie) se erosiona. Convenciones, acuerdos y resoluciones se reinterpretan, se ignoran o se vacían de sentido según convenga. Y cuando las normas dejan de importar, todo vale: bombardeos indiscriminados, castigos colectivos, desplazamientos forzados o bloqueos que condenan a poblaciones enteras al hambre y la desesperación.
La humanidad no debería resignarse a esta deriva. Las guerras no son fenómenos inevitables, sino el resultado de decisiones humanas. Y si bien es difícil frenar a quienes optan por la violencia, es aún más peligroso aceptar como normal un mundo donde la vida de un inocente pesa menos que un argumento geopolítico.
Recordar el valor de la dignidad humana es quizá el primer paso para reconstruir puentes y reivindicar aquello que hoy parece erosionado: la paz como derecho, no como excepción.
Porque cada conflicto que ignoramos nos acerca a un futuro donde nadie estará a salvo de que todo valga.
Alcalde de Nules y presidente de Unión Municipalista
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