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Opinión | EDITORIAL

Trump chantajea a la OTAN

Al mismo tiempo que escalan los precios del petróleo y las bolsas operan presas de la incertidumbre, el presidente Donald Trump pretende implicar a los socios de la OTAN en una arriesgada operación para restablecer el tránsito de barcos cargados de petróleo y fertilizantes a través del ahora bloqueado estrecho de Ormuz. Una situación tan grave como previsible en cuanto EEUU desencadenó el ataque a Irán en mitad de unas negociaciones arrastrado por Israel, en una muestra de imprevisión o desprecio por las consecuencias, y que hace temer una crisis energética a gran escala.

Es problemático para los socios de la OTAN acudir en ayuda de Trump por más que este amenace a la Alianza con «un futuro muy malo». Como ha recordado Kaja Kallas, la propuesta de la Casa Blanca no encaja con los objetivos defensivos especificados en el Tratado del Atlántico Norte, que se limitan a esta región del planeta. Pero ese futuro ya está aquí. Cuando el socio más poderoso de la alianza es quien amenaza con anexionarse territorios de los aliados, coquetea con el régimen de Putin y pone en peligro sus economías con una acción unilateral, no se trata solo de que la reciprocidad y la lealtad entre aliados haya saltado por los aires. Bajo la presidencia de Donald Trump, EEUU no es quien protege a sus socios del peligro. Él se ha sumado a la lista de peligros que les acechan en este nuevo mundo sin reglas y a los que aún deben aprender cómo responder.

No es aceptable para los países europeos (y para otros como Australia, Japón o Canadá) verse comprometidos en una guerra en cuanto Trump pide socorro a quienes siempre se pronunciaron en contra de una medida tan extrema en el inestable Oriente Medio. Pero no es menos cierto que, como cínicamente les ha recordado el presidente de EEUU, el bloqueo de Ormuz les puede afectar más a ellos que al país que ha desencadenado una guerra que amenaza con alargarse, con consecuencias imprevisibles y a la que no se le ve salida. Europa y el resto de aliados occidentales, pues, no pueden plegarse a los designios de Trump pero tampoco limitarse a esperar a que él arregle su estropicio.

En el espacio europeo avanza la idea de que es preciso que Estados Unidos e Israel detengan cuanto antes las hostilidades para abrir la vía diplomática. Solo en el marco de una desescalada, y no como colaboradores de uno de los beligerantes en mitad de la guerra, pueden los Veintisiete participar en una misión de escolta y protección del tráfico marítimo. O en el marco de una implicación de la ONU en un dispositivo de seguridad en el estrecho de Ormuz, improbable porque sería Estados Unidos quien se opondría a ello en el Consejo de Seguridad.

Como era de prever, la UE se mueve en un mar de dudas, mientras sus ministros de Asuntos Exteriores buscan una fórmula común. En medio de la rotundidad de manifestaciones de Alemania y España, las dudas de muchos y la indeterminación del Reino Unido, que parecía en principio decidido a sumarse a la propuesta de Trump, se antoja aún lejana la posibilidad de que se concrete una posición unitaria. Pero para los socios europeos será un mal paso no actuar de forma conjunta en la gestión de una crisis que repercute tan directamente en el bolsillo de los consumidores y en las perspectivas de sus economías.

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