Opinión | EDITORIAL
Cuba, libertad y soberanía
La Cuba de los Castro que surgió de la revolución de 1959 pasa por sus horas más inciertas. Durante las últimas 24 horas, el país ha vuelto a experimentar otro apagón total, ha sufrido un terremoto y ha conocido amenazas descarnadas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ha calificado la isla de ruina con la que puede hacer lo que quiera. Estas adversidades no son el resultado de plagas bíblicas sino de una crisis profunda del régimen comunista, que no ha conseguido sacar al país de la prolongada crisis que padece, agravada por el embargo total del petróleo decretado por la administración norteamericana.
Ante esta situación, que los cubanos llevan años padeciendo, y que ha provocado estallidos de protesta (en los últimos días, una comisaría de policía fue incendiada en el centro de la isla), todo parece depender de la voluntad del presidente de los Estados Unidos. En los últimos días, Trump se ha mostrado inclinado a aplicar a Cuba una solución a la venezolana, forzando la sustitución del presidente Miguel Díaz-Canel por alguien afín y gobernando la isla a distancia sin modificar de raíz la naturaleza del régimen. Según el New York Times, esta sería la propuesta que el secretario de Estado, Marco Rubio, destacada figura de la inmigración cubana, habría planteado en las conversaciones que mantienen ambos países.
La necesidad de un cambio que dé libertad a los cubanos y abra el país a relaciones normalizadas con sus vecinos es evidente desde hace muchos años. Lejos quedan los tiempos en los que la revolución que liberó a Cuba de la dictadura de Batista era percibida desde el punto de vista de la defensa de su soberanía frente a los Estados Unidos. Las tropelías cometidas por el régimen, y el precio altísimo pagado por los cubanos por el alineamiento con la Unión Soviética, acabaron con esta idea. Los intentos de los sucesores de Castro de abrir el régimen desde el punto de vista económico, sin otorgar libertad a los cubanos, han fracasado. En ese sentido, la propuesta de Díaz-Canel de facilitar inversiones de la comunidad cubana establecida en Estados Unidos llega tarde, cuando la isla se encuentra en su momento de mayor debilidad y EEUU tiene una presidencia dispuesta a recuperar como sea el poder y la influencia en América Latina. Los cubanos tienen derecho a vivir en un país libre, y lo deseable sería que esta voluntad se hiciera realidad mediante una transición interna, protagonizada por ellos mismos. Sin embargo, no parece que este vaya a ser el proceso que experimente la transformación de un régimen represivo y desacreditado, atrincherado en viejas fórmulas e intereses.
Aislamiento internacional
Aconsejado por Marco Rubio, el presidente Trump piensa que la conquista de Cuba («creo que tendré el honor de tomar la isla», declaró) puede darle los réditos que no le ha dado la incierta guerra de Irán. El agotamiento de los cubanos, y el aislamiento internacional del régimen, es un caldo de cultivo para confundir su liberación con la tradicional política intervencionista que Estados Unidos ha desplegado en el Caribe. Ante semejante perspectiva, solo cabe, una vez más, esperar que los cubanos puedan recuperar su libertad sin que sea a costa de su soberanía.
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