Opinión | RECONTRA
Torrente, presidente
Ver una película de Santiago Segura siempre ha sido un ejercicio de risa fácil. Su criatura más famosa, José Luis Torrente, nació como una caricatura deliberada: un expolicía guarro, corrupto, machista y orgullosamente ignorante. Igual que a los niños les gustan los chistes de culo, caca, pis. Un personaje tan exagerado que es imposible que exista. La caricatura funciona así: toma rasgos reales, los infla hasta lo grotesco y estalla la risa.
Y, sin embargo, mientras veía la película hace poco, ocurrió algo curioso en la sala. La gente se reía a carcajadas en momentos que a mí me provocaban otra reacción. No era exactamente tristeza. Tampoco enfado. Era más bien una sensación incómoda, como cuando un chiste empieza a parecerse demasiado a algo real.
Porque el universo de Torrente está lleno de incompetentes con poder, de mediocres que prosperan, de fanfarrones que confunden ruido con autoridad. En la lógica de la sátira eso debería resultar tranquilizador: el espectador sabe que está viendo una exageración. Un chiste. Una caricatura.
Pero la sátira tiene un pequeño problema. A veces la realidad decide acercarse peligrosamente a ella.
Por eso el final de la película (spoiler), cuando Torrente llega a presidente, debería ser solo el remate de una broma gigantesca. El último empujón al absurdo.
Aun así, mientras escuchaba las risas en la sala, no podía evitar pensar algo inquietante: cuando la caricatura es una realidad en la vida real, el chiste no se queda solo en el cine. Igual, pronto, no nos reímos tanto.
Urbanista
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