Opinión | LA VENTANA DEL CEU
La educación es esperanza
Un mundo en guerra solo pide paz. La paz se construye con justicia y amor desde la aceptación consciente, la elección responsable y comprometida, la paciencia y diplomacia, el esfuerzo y el encuentro personal. Estos dones, que se cultivan en la escuela, hace tiempo que quedaron en el olvido como consecuencia del deslumbrante protagonismo que han ido ganando en nuestra sociedad la aceleración tecnológica y digital, la inteligencia artificial, las prisas de la burocracia, la inmediatez del futuro presentado y tantas otras características de esta época posmoderna. Pero esto no es nuevo. La educación afronta en la actualidad, como en otras etapas de la historia, grandes cambios sociales que dibujan un escenario con múltiples desafíos para la humanidad. La escuela experimenta lo que la realidad le reporta como obstáculo, pero también tiene la capacidad para transformarlo en oportunidad.
Puede resultar paradójico que, en un tiempo de guerra como nos está tocando vivir a nivel mundial, estemos regulando, a pequeña escala, la convivencia (para la paz y la no violencia), la instrucción para la lectura, el razonamiento y la comprensión, o la protección de datos de los niños en la era digital. A nivel autonómico nos estamos preparando la mochila para que las futuras generaciones respondan con resiliencia ante las fracturas sociales que ha provocado la sociedad del consumo. Esto, por supuesto, hay que celebrarlo, pues puede ser el primer síntoma de recuperación de un sistema educativo que vuelve a la autenticidad de su naturaleza.
Ahora bien, no hay regulación normativa sin personas que la apliquen. ¿Cuántos cambios de normativa hemos contemplado durante décadas sin más frutos que el conflicto político, la división profesional, la resignación y la indiferencia? La sociedad está necesitada de una educación auténtica, centrada en la persona, que sostenga sus prácticas en derechos garantizados. Ni más ni menos que un sistema fuerte y firme que actúe con la contundencia de una acción sabia, profesional y equilibrada.
En la escuela, durante mucho tiempo y de manera indudable, esta responsabilidad residía en los maestros. Su autoridad profesional, formación y criterio era suficiente aval en la comunidad como para que la familia y la escuela fueran a una y compartieran la misión educativa. Sin embargo, esta situación ha ido perdiendo vigencia como consecuencia del cambio observado en una sociedad que se ha vuelto «líquida», según Bauman; y que ha ido minando la autoridad docente. ¿Entonces hay esperanza?
Por supuesto que sí. La escuela de los profesionales del magisterio formados en «con-ciencia» afrontará la realidad con un mensaje claro de esperanza que se sabe verdadero y que hace a las personas protagonistas de su encuentro pedagógico. Aquellos que creemos en la educación como sistema para el cultivo del talento seguimos trabajando con convicción para que la educación sea justa, formativa, pero, sobre todo y esencialmente, auténtica.
Profesora e investigadora del departamento de Ciencias de la Educación de la Universidad CEU Cardenal Herrera
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