Opinión | Y SIN EMBARGO

Periodista. Redactor jefe del periódico Mediterráneo.
Torrente como aviso
En política cambian los nombres, cambian las siglas, pero el guion permanece intacto. Cuando un partido gobierna, defiende con convicción aquello que considera necesario. Pero basta con cruzar la línea hacia la oposición para que ese mismo discurso se dé la vuelta como un calcetín. Lo que ayer era imprescindible hoy es inaceptable. Lo que antes se justificaba, ahora se critica sin matices. Y así, una y otra vez, como si la coherencia fuera una carga prescindible.
No hace falta poner ejemplos concretos. Cualquiera que siga mínimamente la actualidad, también a nivel provincial y municipal, reconoce el patrón. Es una forma de hacer política que se ha normalizado tanto que ya casi no sorprende.
Esta manera de actuar alimenta una demagogia constante que erosiona la confianza. No se discuten tanto las soluciones como las posiciones. No importa tanto qué se propone, sino quién lo propone. Y en ese juego, la crítica deja de ser una herramienta útil para mejorar la gestión y se convierte en un fin en sí misma. Se critica por sistema, por reflejo, por estrategia. A veces, incluso, por inercia. Y se polariza. La crítica debe ser constructiva y justificada.
El problema es que, en medio de ese ruido, se pierde lo esencial. La política debería ser, por encima de todo, una herramienta para mejorar la vida de la gente. Para resolver problemas concretos, para avanzar, para facilitar el día a día. Cuando el debate se instala en la trinchera permanente, el foco se desplaza. Y lo que queda es una sensación de bloqueo, de desgaste, de cansancio. Siempre con enmiendas a la totalidad, sin reconocer nada positivo del adversario.
Porque sí, el ciudadano también se cansa. Se cansa de ver cómo los mismos argumentos se utilizan en sentidos opuestos según convenga. Se cansa de una política más pendiente de sí misma que de las personas a las que debería servir.
En ese contexto, el riesgo es el desapego y la banalización. Cuando todo parece calculado y la coherencia desaparece, se abre la puerta a que cualquier caricatura sea verosímil. Lo que suena a exageración deja de parecerlo. A este paso, entre todos haremos realidad lo de Torrente presidente. Y ya no será una broma.
Redactor jefe de Mediterráneo
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