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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

Más allá de la obsolescencia programada

En este mundo lleno de afortunados avances tecnológicos (la mayoría, no todos), que crecen de forma exponencial (aunque esto igual se podría poner en duda), las grandes empresas, abanderadas de lo novedoso, estas gentes enriquecidas hasta el absurdo, hace ya muchos años que se dieron cuenta de que era mejor vendernos productos que pronto quedan obsoletos a invertir en tecnologías duraderas. Todo, hace mucho, se queda viejo o deja de funcionar pronto. Y, en general, nos molesta poco, porque estamos en esa rueda consumista que siempre quiere más. El problema viene cuando eso no ocurre y la lavadora, la nevera de hoy en día es, básicamente, la misma que hace treinta años y no le pedimos, en general, nada más. Así que a las grandes empresas solo les queda la solución de que, pasado cierto tiempo, ellas mismas se estropeen. Siempre hay un cable que saben durará equis años, o un software que, pasado un tiempo, dará mensajes de error.

O bueno, igual todo esto es un mito, una leyenda urbana.

Ahora las grandes empresas que nos gobiernan (y esto no es una exageración) imponen políticas más burdas y, a mi modo de ver, despreciables. Sí, peores que la obsolescencia programada. En las plataformas de televisión de pago los anuncios se están volviendo insufribles por su cantidad. Muchos llegamos a ellas justo para evitar la propaganda; ahora pagamos por estar conectados a ellas y, encima, no nos escapamos de la publicidad. Pero hay más. Daré dos ejemplos extra: los coches actuales tienen instalado software y, lo que es peor, hardware, es decir, equipamiento, que solo podemos utilizar si pagamos una suscripción mensual, de no hacerlo, a pesar de que el vehículo lleva instalado el GPS o los asientos calefactables, no podemos calentarnos el culo si no pasamos por caja. La empresa se ha gastado el dinero en instalarnos eso, pero no nos lo deja utilizar.

El segundo ejemplo lo sufrí hace poco: mi MacBook, el último que voy a tener de la compañía de la manzana podrida, digo mordida, dio problemas con la batería. No cargaba. Me avisó primero y, unos días después, dejó de funcionar. Quedé extrañado porque apenas lo uso conectado a la batería; generalmente lo tengo enchufado a la corriente mediante cable. Pues bien, resulta que, al disponerlo así no gastaba energía del enchufe, sino que, de forma incomprensible, lo que hacía era cargar la batería y tirar de su suministro. Así, en cinco años, se ha reventado una pieza que, creía, inocente de mí, debía estar casi inmaculada. Después de mucho investigar, no en la web de soporte de Apple, sino en foros y páginas de usuarios, descubrí que había una manera de forzar al portátil para que bebiese de la corriente eléctrica sin pasar por la batería. Lo dicho, he sido un fan de los ordenadores Apple hasta hace bien poco; esto ha sido la gota que ha colmado el vaso. ¿Por qué demonios obligas a padecer a la batería del ordenador si sabes que es el punto débil del mismo y a los pocos años se va a estropear? Pues está claro, para que te compres otro. Cosa que, insisto, yo por lo menos no voy a hacer.

Editor de La Pajarita Roja

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