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Opinión | TRIBUNA SINDICAL

Acoso laboral: gritar en medio del silencio

El acoso laboral no suele comenzar con un hecho evidente, sino con pequeños gestos que se acumulan. Una ironía repetida, una exclusión silenciosa, decisiones que te afectan y de las que ya no participas. Se te hace sentir que todo lo que haces está mal mientras otras personas son alabadas por lo más mínimo; te hacen creer que no vales nada. Se nombran superiores que llegan gracias a amiguismos y complicidades, reforzando la sensación de injusticia. Cada episodio, por separado, parece insignificante. Juntos, empiezan a pesar.

Primero aparece la duda. Después, la confusión. Hasta que un día ir a trabajar se convierte en una fuente constante de angustia. Lo más difícil no es solo lo que ocurre, sino la sensación de no poder nombrarlo sin parecer exagerada o conflictiva.

El acoso no siempre grita: desgasta. Se instala la percepción de no encajar, de estorbar, de estar siempre de más. La humillación y el aislamiento pueden hacer que la persona se haga pequeña, que reduzca su voz, que dude de su propio valor. Cuando decide pedir ayuda lo hace con miedo, pero también con esperanza. Si esa escucha no se traduce en medidas concretas, el mensaje implícito es claro: el problema no es lo que sucede, sino que lo señales.

A partir de ahí, el daño se multiplica. No solo por quien acosa, sino por el relato que se construye alrededor. Se siembran dudas, se difunden versiones interesadas y el equipo, por comodidad o miedo, deja de preguntar. Se crea un vacío que aísla.

El entorno laboral empieza entonces a parecerse a una secta: pensamiento único, lealtad incuestionable al poder, castigo a quien discrepa. Mostrar empatía hacia la persona señalada se percibe como un riesgo. El miedo a la exclusión mantiene el silencio.

Como señaló la filósofa Hannah Arendt, «el mayor mal es el que se comete cuando nadie se siente responsable». En estos contextos, la responsabilidad se diluye con facilidad.

Pero la historia no siempre termina en la reducción. A veces, fuera de ese entorno hostil, la persona resurge. Como un ave fénix, encuentra espacios donde no solo es aceptada, sino valorada, reforzada y admirada. Ningún empleo debería exigir silencio o desaparición para poder seguir perteneciendo.

Miembro del equipo de extensión del SI de la FSS CCOO Comarques del Nord

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