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Opinión | PUNTO DE VISTA

La envidia, mejor evitarla

Las comparativas son inherentes al ser humano. Lo que nos puede causar sufrimiento es el patrón según el cual nos relacionamos con el prójimo: envidia a los que están por encima de nosotros, competitividad con nuestros iguales y menosprecio para los que están por debajo. Siempre habrá gente que tendrá más que nosotros, éxito, talento, inteligencia, belleza o lo que sea. Las comparaciones ascendentes son corrosivas. La envidia no deja espacio a la alegría, nos deja una sensación de insatisfacción y de resentimiento, mezclada con culpabilidad.

El envidioso solo ve aquello de lo que carece y no aprecia lo que posee. En lugar de obtener placer de lo que tiene, sufre por lo que tienen los demás. Lo bueno de la envidia es que también puede ser un estímulo: para trabajar más duro y conseguir lo que envidiamos. En cuanto la envidia o los celos hacen acto de presencia, es imposible conservar la tranquilidad mental. Se destruye cualquier relación. Hay que aprender a evitarla desde el primer momento porque te hace desgraciado. La envidia suele aparecer porque estamos demasiado concentrados en lo material, en lugar de cuidar nuestros auténticos valores. La alegría solidaria es su antídoto natural.

Alegrarse de la buena suerte ajena reporta siempre beneficios. Se consigue reconociendo que formamos parte de una misma humanidad. Somos todos hermanos y tenemos el mismo derecho y la misma voluntad de ser felices en la vida. Cuando la humanidad es feliz, nosotros también lo somos. Si tu familia es feliz, tú también lo eres. Aumentamos la felicidad si reducimos la envidia e incrementamos la admiración. Es sentido común.

Notario y doctor en Derecho

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