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Opinión | SIN RESERVAS

La otra fiesta

Ya les adelanto que los protagonistas de la historia que les voy a contar no tienen ninguna duda de que no van a lograr su propósito. Su iniciativa está condenada al fracaso, y lo saben. Pero están hartos y quieren que quede constancia de ello. Por eso, a estas alturas de mes, la comisión de una de las gaiatas más ruidosa de la ciudad habrá recibido una factura del todo inesperada. Corresponde al gasto de una semana de hotel por los días en que unos vecinos del sector han tenido que abandonar su casa para huir de una estruendosa realidad que les impedía descansar la semana de fiestas en la que ambos tienen obligaciones laborales. Pasa que viven justo debajo de uno de esos escenarios donde el xunga-xunga y otros ritmos estridentes suenan hasta altas horas de la madrugada. Las molestias por el ruido de la interminable barra y el desagradable aroma de las meadas callejeras completan el desolador panorama. Inaguantable para quienes solo aspiran a su derecho al necesario descanso; entendiendo, por supuesto, que las fiestas comportan molestias con las que hay que convivir. Pero no va de eso.

Es el problema de la otra fiesta. Esa que nada tiene que ver con los actos tradicionales más arraigados o con aquellos que se han ido introduciendo para aportar modernidad y reconocimiento internacional a la semana grande. Por mucho que repaso el texto de Bernat Artola no encuentro en los versos del Pregó ninguna alusión a esa otra forma de entender la fiesta. «Traure l’amor de pena» no puede ser sinónimo de convertir Castelló en una ciudad sin ley cuando apenas cae la noche y hasta altas horas de la madrugada; cualquiera podemos señalar varias calles donde se da esa circunstancia toda la semana. No querer «límits estrets d’ambicions massa modestes» tampoco da carta blanca para que gaiatas, collas y algunos hosteleros se apropien del espacio de todos y conviertan la fiesta en un lucrativo negocio a costa del bienestar colectivo. Y, por supuesto, «l’orgull de genealogia» al que aludía el poeta en ningún caso se manifiesta en ver quien la tiene más larga, la barra, por mucho que esta se adorne de cuatribarradas con franja verde; o competir en volumen de decibelios aunque, de vez en cuando, suene Els Llauradors entre las estrofas de la Salchipapa de Leticia Sabater o el más actual Nuevayol de Bad Bunny. En fin, que uno no encuentra «raons de tradició» sino de caixa en esta nueva dinámica que han cogido las otras fiestas de la Magdalena.

El Ayuntamiento haría bien en darle una pensada al tema antes de que la cosa vaya a más. Escudarse en que solo se han cursado una veintena de denuncias por ruido es no querer entender nada: son pocos los que denuncian y cada vez más los que optan por abandonar la ciudad. Y esa no puede ser la solución. La convivencia vecinal es más urgente que acabar con las largas colas bajo la lluvia para recoger la cinta y el llibret; por cierto, para tal menester se podía aprovechar el envío epistolar con el que Begoña Carrasco culpó a Pedro Sánchez del basurazo. Ese que PP y Vox nos han endosado pese al deterioro del servicio de recogida en algunas calles donde han desaparecido los contenedores para depositar restos orgánicos. En la mía, sin ir más lejos.

Periodista y escritor

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