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Opinión | la rueda

fernanda escribano

No a la guerra no es un eslogan

Pienso en Trump y lo imagino como si fuera un adolescente jugando al Fortnite. El problema es que todo esto no es un videojuego, sino la realidad de un mundo que se desvanece por momentos de forma abrupta y sin capacidad para vislumbrar el límite de una guerra incierta. Tampoco Trump es un quinceañero, sino un señor en la madurez y con plena conciencia de lo que hace. Aunque no lo parezca.

Me niego al relato polarizador: estar en contra de esta guerra en absoluto quiere decir estar a favor de los ayatolás. La primera falacia es que Irán resiste y la guerra que iba a ser breve se alarga. Las consecuencias económicas arrecian y no sabemos hasta dónde podrían llegar los efectos de esta cruzada. El Banco Central Europeo prevé que la inflación escale por la subida del precio de la energía: ahí se encuentra el arma con la que ataca Irán a gran escala, reventando la economía global. La Administración Trump ha dicho que necesita 200.000 millones de dólares para seguir con el lío bélico; una barbaridad. Mientras, el Gobierno español ha aprobado un paquete de medidas de más de 5.000 millones de euros para paliar la subida de precios provocada por esta insensatez.

Para el PP la oposición del Gobierno a la guerra es oportunista; sin embargo, lo que desconcierta es su postura: dice estar con la mayoría europea, pero lo que se ve es una fuerte influencia de la extrema derecha.

No a la guerra no es un eslogan, entraña una carga considerable. Es una forma de entender el mundo y las relaciones internacionales. Es defender una posición de presente para preservar el futuro desde el derecho internacional y no desde el imperialismo. Es entender que la mejor arma para la resolución de conflictos no son las bombas, sino la negociación.

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