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Opinión | AL CONTRATAQUE

Abrir el horizonte

La primavera, como siempre, nos ha llegado con suavidad: una luz que apenas cambia, pero que lo transforma todo. También en la vida pública existen gestos discretos que, si se saben leer, pueden abrir un horizonte distinto. La reciente reflexión de Felipe VI reconociendo abusos en la conquista de América pertenece a esa categoría. No rompe con la historia compartida, pero introduce otra mirada, más compleja y más honesta. No pretende reescribir nada, sino solo invitar a mirar con humildad y sin miedo a la autocrítica.

Bartolomé de las Casas denunció los abusos contra los pueblos originarios, mientras otros los justificaban desde una supuesta superioridad civilizatoria. Como señala mi amigo Francesc Colomer en Un diálogo de civilizaciones, una mirada intercultural debe ser la guía de nuestros tiempos. Reconocer los errores no es concesión al presentismo; es continuar una tradición crítica que también forma parte de nuestra historia y que fortalece nuestra identidad.

Todo lo contrario a lo que han interpretado algunas derechas, cuyos miembros han llegado a recurrir a descalificaciones de mal gusto. Mantener, como hacen ellos, una narrativa gloriosa, sin matices ni aspectos incómodos, equivale a negar la realidad histórica y cerrar la puerta a cualquier reconciliación. La consecuencia, más allá de lo simbólico, debilita nuestra credibilidad como nación. Negar los errores del pasado envía un mensaje de intransigencia y falta de responsabilidad, que socava nuestra autoridad moral y dificulta el entendimiento entre naciones.

En un contexto internacional que añade urgencia con EEUU, rescatando la doctrina Monroe y viendo a América Latina solo en función de sus intereses estratégicos, España, con sus luces y sus sombras, puede ofrecer otra cosa: una historia compartida, un idioma común y vínculos culturales que permiten relaciones más equilibradas. Frente a la lógica de influencia y control, cuando no del «ordeno y mando», reconocer los errores se convierte en un activo, especialmente de cara a la próxima Cumbre Iberoamericana.

Mi espíritu republicano, que cuestiona la legitimidad originaria de cualquier institución monárquica, no me impide reconocer gestos valiosos. Y este reconocimiento del rey es uno de ellos, porque la legitimidad de un acto, en ocasiones, trasciende a la institución, y su valor reside en el mensaje que transmite sobre las conciencias y la ética pública.

España tiene, por tanto, una oportunidad singular: asumir que, junto a la expansión cultural y lingüística, también hubo violencia y dominación. Reconocer ambas dimensiones no debilita los vínculos; los fortalece. Como señalaba el recién fallecido Jürgen Habermas, el diálogo auténtico requiere transparencia y reconocimiento mutuo, premisas necesarias para la confianza y el entendimiento. Y en ese espíritu el gesto del rey abre todo un nuevo horizonte.

Mientras disfrutamos los aromas y los sonidos de la primavera, nos queda el anhelo de que también en la vida pública surjan espacios donde se escuchen distintas voces y se construyan puentes y no muros; donde la reflexión y el diálogo prevalezcan sobre las intransigencias, los relatos cerrados y el afán de control absoluto.

Profesor de Filosofía y militante del PSPV

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