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Opinión | LA RUEDA

Optimismo y algo más que indignación

Una persona de mi familia va, en el marco de la Universidad Popular de la Vall, a una clase de pensament. A primera vista y sabiendo que me puedo equivocar, se trata de algo interesante: se debate sobre un tema acordado y, al tiempo, el profesor señala reflexiones o pensamientos que han aparecido y evolucionado entorno a ese asunto. Más o menos.

Bueno pues, esto lo cuento porque mi familiar me ha dicho que el tema de la próxima semana tiene que ver con responder a la siguiente pregunta: ¿qué puedes hacer tú, como persona particular, para mejorar el mundo? Cuestión que me provocó y, de inmediato, intenté aportarle detalles que le podían ayudar a configurar una opinión. Incluso, sabiendo que vivió y estudió en París, le puse ejemplos de la Revolución Francesa, pruebas de que detrás del acontecimiento que cambió la humanidad existían personas (a título particular o colectivamente) y razones que las han provocado. Pero, me cortó y me dijo que ese era su trabajo y no el mío. Es más, parece que quería centrarse en los límites del espacio reducido, de la familia, del pueblo… etc. En cualquier caso aprovecho la circunstancia para destacar en este rincón, que toda expectativa de mejora reclama optimismo y algo más que indignación. Optimismo, digo, porque para que se abra la esperanza necesaria, la persona se tiene que creer, de verdad, que frente a un pesimismo no razonable que suele paralizar, el futuro también depende de su participación, de su pequeño granito de arena. Aunque, si también he dicho que se reclama algo más que indignación, es porque no es suficiente el enfado que provoca lo que contraviene la conciencia moral, además hace falta el bálsamo de la fecundidad: las propuestas y las acciones posibles.

Analista político

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