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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

Bendita improductividad

La productividad lo domina todo, sin dejar resquicios. Todo lo que hagamos ha de resultar útil. Salirnos de los márgenes estrechos de esa ley capitalista (no física, ni siquiera humana) supone un acto de rebeldía. Carece de sentido invertir tiempo en algo que luego no va a rendir económicamente. ¿Para qué escribir una novela y dejarla en el cajón, por la mera satisfacción de haberla hecho? Resulta incomprensible generar poemas y romper la libreta en la que los escribimos. Parece un absurdo estudiar física cuántica o historia con 50, 60 años.

Quizá estén de acuerdo con las afirmaciones de arriba. Puede que sean un tanto extremas. Pero, en realidad, y por fortuna, todos o casi todos, en algún momento de nuestra cotidianeidad nos rebelamos de algún modo contra el dominio de lo productivo y ejercemos el derecho a llevarle la contraria al sistema. Un ejemplo claro es el fútbol. Desatamos nuestra pasión, gritamos, nos sentimos tristes si nuestro equipo pierde, felices si gana. Nada relativo al deporte rey nos involucra en lo económico de forma positiva, más bien al contrario: pagamos abonos y entradas en los estadios, compramos camisetas, bufandas y, a veces, viajamos a otras ciudades para seguir a once tipos en calzoncillos corretear por el césped.

¿Qué se obtiene de leer novelas? Nada en absoluto. Yo, que soy lector voraz, me he enfrentado más de una vez a gente que me dice que leo para aprender cosas. Sí, «cosas», así en general. Algunos de los que no leen piensan que quienes lo hacemos sacamos un rédito de esa lectura. Pues bien, señores, no, leer novelas no vale para nada más que para la propia satisfacción. Lo que me extraña, aunque no es el momento de hablar de ello, es que si ellos piensan que sacamos beneficio de leer, ¿por qué demonios no leen? Debería hablar de ello algún día.

Necesitamos también mucho menos de lo que comemos para mantenernos con vida, que es la función de la alimentación. Sin embargo, nadie en este opulento mundo occidental come solo para vivir. No hablo de los que viven para comer, que también, sino de esa mayoría que busca placer gustativo a la hora de ingerir comida, aun yendo a veces contra su propia salud.

En fin, que todos hacemos cosas en el día a día que, afortunadamente, no solo van encaminadas a obtener dinero, a satisfacer la bestia capitalista, sino que buscamos algo tan sencillo y bonito como la propia satisfacción. Entiendo que haya gente que la encuentre en actividades extrañas: yo, que tengo cierto miedo a las alturas, no puedo entender cómo alguien goza al escalar una pared vertical o lanzarse en paracaídas. De igual modo, comprendo que a alguien le cueste entender cómo me dedico a leer un centenar de novelas cada año. O cómo me esté planteando matricularme en la UNED de las asignaturas que más me gustan sin más objetivo que disfrutar aprendiendo. En cierto modo, la justificación es la misma que el hecho de haber escrito doce novelas y no haber publicado ninguna: me da gusto a mí. Como quien se zampa una docena de donuts, solo que mi salud no se va a resentir.

Editor de La Pajarita Roja

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