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Opinión | Pensamientos desde el rincón

Eric Gras

Eric Gras

Coordinador del suplemento cultural 'Quaderns'

La duda como oficio

No hay día que pase en que no me pregunte si lo que hago tiene algún sentido, si realmente vale la pena dedicar horas a pensar, leer y escribir cuando el ruido parece imponerse sobre cualquier intento de reflexión. Me pregunto si con el esfuerzo intelectual todavía es posible aportar algo que ordene mínimamente el desconcierto cotidiano, que ayude a comprender el mundo cercano —la familia, los amigos, los vecinos— y también ese otro mundo distante que, sin embargo, condiciona cada conversación. ¿Importa hoy lo que alguien tenga que decir? ¿Tiene valor entusiasmarse por un libro, una canción o una obra de teatro mientras todo parece urgir en otra dirección? ¿La gente quiere leer o simplemente pasar por encima de las palabras?

No es la primera vez que siento que nada de lo escrito logra alterar el curso de las cosas. El mundo avanza con una inercia que parece ignorar cualquier intento de matiz o pensamiento crítico. La sensación dominante no es solo económica, aunque las grietas materiales sean evidentes, sino moral. Las fronteras entre lo justo y lo injusto se difuminan con una rapidez inquietante. Resulta difícil comprender los aplausos ante la violencia, o la frivolidad con la que algunos dirigentes celebran la muerte ajena. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde queda la moral compartida?, ¿en qué lugar se resguarda todavía el respeto?, ¿qué espacio queda para la empatía cuando el espectáculo sustituye a la conciencia?

En Cosas conocidas y extrañas, Teju Cole escribía: «El dolor es un estado terrible, y en grado extremo es como el sol: resulta imposible mirarlo de frente». Quizá por esa razón, porque vivimos en un dolor constante, preferimos no mirar, rehusar la mirada o negarla incluso. No sé.

Por otro lado, pienso en esa frase de Max Blecher en La ciudad de los condenados y otros relatos: «Ser original no significa ser libre». Pienso en ella mientras observo cómo el presente repite gestos de una época pretérita no demasiado lejana en el tiempo pero sí vil. Quizá escribir no cambie nada de forma inmediata, pero sigue siendo un acto de resistencia íntima: una manera de afirmar que todavía existen preguntas sin respuesta fácil. Escribir, leer, escuchar, puede parecer insignificante, pero acaso sea de las pocas cosas que nos impiden aceptar la deriva como destino inevitable.

Tal vez el sentido no esté en cambiar el mundo, sino en negarse a mirar hacia otro lado. Persistir en la duda, en la palabra compartida, en la atención a lo frágil, podría ser, todavía, una forma modesta de esperanza.

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