Opinión | La ventana de la UJI

Profesora del Departamento de Educación y Didácticas Específicas, y miembro del comité científico y organizador de Firujiciència
Sembrar ciencia desde la infancia
En cada hoja, en cada piedra y en cada insecto se esconde algo por descubrir. La ciencia empieza ahí, en la curiosidad que despierta lo cotidiano cuando aprendemos a observar.
En las primeras etapas educativas, la enseñanza de las ciencias no puede reducirse a la mera transmisión de conceptos, sino que debe centrarse en ofrecer experiencias que permitan observar, experimentar y construir explicaciones propias. La experimentación es el motor del aprendizaje científico y una herramienta imprescindible para desarrollar el pensamiento crítico desde edades tempranas. De hecho, en la etapa de 0 a 3 años ya se sientan las bases del pensamiento científico a través de la exploración sensorial, la manipulación y la interacción con el entorno. Esto refuerza la necesidad de generar contextos ricos en experiencias desde los primeros años de vida, ya que, cuando los niños y niñas tienen oportunidades de experimentar y manipular materiales científicos de manera activa, su comprensión conceptual mejora y se refuerza su motivación por la ciencia a largo plazo.
En este sentido, la investigación educativa ha mostrado de manera clara el potencial de los contextos de aprendizaje basados en la experiencia. Cada vez son más los estudios que destacan el valor del uso del huerto escolar como un recurso didáctico fundamental. Lejos de ser un simple espacio complementario al aula, el huerto se convierte en un auténtico laboratorio al aire libre donde niños y niñas pueden desarrollar competencias científicas a través de la indagación y el contacto directo con los fenómenos naturales. Además, su utilización favorece el aprendizaje cognitivo, al comprender y asimilar conceptos; el aprendizaje procedimental, al hacer ciencia siguiendo pasos y observando resultados; y el aprendizaje emocional, porque despierta la curiosidad y fomenta actitudes de respeto y cuidado hacia el entorno. Estos espacios promueven aprendizajes activos y significativos, alejados de la pasividad que a menudo caracteriza a las metodologías más tradicionales, conectando la ciencia con la vida cotidiana y con su entorno más próximo.
Sin embargo, la educación científica no se limita al aula o al huerto, las experiencias fuera de la escuela, como ferias y actividades de divulgación, amplían y refuerzan estos aprendizajes. Diversos estudios muestran que este tipo de educación no formal aumenta significativamente el interés y las actitudes de los estudiantes hacia la ciencia y la tecnología. En este contexto, propuestas como Firujiciència, la feria de la ciencia de la Universitat Jaume I, que se desarrolla con la colaboración de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, representan una oportunidad para acercar a los más jóvenes no solo el conocimiento científico, sino también la curiosidad, la creatividad y las habilidades para explorar y experimentar por sí mismos. Impulsada hace doce años por el profesor Enric Ramiro junto a un equipo comprometido, esta iniciativa se ha consolidado como un referente en la promoción de la cultura científica en el ámbito educativo de la provincia de Castelló, que moviliza anualmente a alrededor de 3.000 visitantes.
En Firujiciència, los asistentes —desde infantil hasta la universidad— no solo observan, sino que participan activamente: experimentan, explican y comparten sus propios proyectos. Esta masiva respuesta de la comunidad educativa refuerza la idea de que la ciencia no es un conjunto cerrado de saberes, sino un proceso dinámico, creativo y, sobre todo, accesible para todos.
En una sociedad marcada por grandes retos, desde el cambio climático hasta la salud global, la educación científica se convierte en una prioridad. No se trata únicamente de formar a futuros científicos, sino de construir una ciudadanía crítica, capaz de comprender la información, tomar decisiones fundamentadas y participar activamente en el mundo que le rodea.
Por ello, resulta imprescindible apostar por metodologías que sitúen al estudiantado en el centro del aprendizaje: que le permitan explorar y conectar el conocimiento con su realidad. Porque educar en ciencia es, en el fondo, educar para entender el mundo y transformarlo. Una tarea que siempre comienza, como tantas otras, sembrando una pequeña semilla de curiosidad.
* Lidón Monferrer Sales es profesora del Departamento de Educación y Didácticas Específicas, y miembro del comité científico y organizador de Firujiciència
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