Opinión | PARECE UNA TONTERÍA
Otra oportunidad
En una de las segundas oportunidades que te otorga la vida cuando el asunto no tiene importancia, la semana pasada entré en una tienda de ropa vieja y encontré mi camiseta favorita. Hacía tres años que la había tirado, después de quince a mi lado. Y de pronto, ver una igual, en mejores condiciones, se me presentó como un golpe de suerte que no podía desaprovechar. No es que yo no sepa desaprovechar la oportunidad de perder oportunidades. Sé. Pero a veces me equivoco y acierto, así que me apresuré a hacerme con la camiseta, que, por lo demás, mi entorno consideró siempre bastante fea, y desde muy pronto demasiado vieja como para no tirarla.
¿Oportunidad perdida? Bah. Todas las decisiones tienen una carga, y a veces esa carga, dolorosa, te salva por su belleza. Me ocurrió hace tres años algo parecido cuando descubrí en una librería de segunda mano en Nueva York un viejo catálogo de una exposición de Richard Serra en Alemania. Me pareció caro, y me vi dejándolo para otra ocasión, quizá más económica. Pero esa noche me arrepentí y me dije que algunas veces había que tirar el dinero por la ventana. Al día siguiente regresé a la librería. El catálogo ya no estaba. Solo con el tiempo fue bonito perder aquella oportunidad.
No hay existencias sin pretensiones que se escapen delante de las narices. Mi oportunidad perdida favorita la leí en Alta fidelidad, de Nick Hornby. Rob Fleming, el protagonista, regenta una tienda de discos antiguos al norte de Londres. Bordea a diario la bancarrota. Un día lo llama una mujer que afirma tener unos cuantos singles de su interés. Rob se presenta en su domicilio, advierte que está lleno de álbumes, compacts y cintas, y nueve cajas de singles a reventar. Tiene entre manos el cargamento que siempre soñó encontrar. Hay singles de los Beatles en edición especial y limitada; está la primera docena de singles de los Who, y hay originales de Elvis. Hay montones de singles de blues y soul, y un ejemplar del God Save the Queen de los Sex Pistols, editado por la A&M. "Y… ¡oh, no! ¡Oh, no! ¡Dios, no! Está You Left the Water Running, de Otis Redding, en la edición especial hecha siete años después de su muerte, retirada de inmediato del mercado por su viuda porque no le…".
Es la mejor colección que ha visto en su vida. Calcula que vale siete mil libras, que él no tiene. "Pues dame cincuenta y te los puedes llevar hoy mismo", dice la mujer. Rob se echa a reír. Ella le explica que su marido se ha largado con una chica de 23 años. "Una amiga de mi hija, para más señas". Y quiere joderlo deshaciéndose de su colección de singles por una miseria. "¿Qué le parecen mil quinientas libras?", le ofrece Rob, un hombre de principios que ama la música. "Sesenta", se conforma ella. "Mil trescientas", dice él. "Sesenta y cinco". "Mil cien. Y de ahí no bajo". "Yo no pienso vendértela por más de noventa". Rob sabe que cuando regrese a la tienda se echará a llorar por haber perdido tan grande ocasión. Pero también sabe que, aun cuando ese marido sea un cerdo canalla, él no es capaz de "hacerle semejante putadón".
Escritor
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