Opinión | Barraca y tangana

Redactor especializado en Deportes
Por lo menos no están por ahí drogándose
Quizá piensa que tengo una amante, cuando lo que tengo es un ascenso, dos Champions y cuatro Ligas en muy pocos días

Fútbol.
Cuando llevo a Teo a entrenar, paso por unas canchitas muy tentadoras. El campo es pequeño, acaban de instalar el césped artificial y las porterías son de fútbol sala. Desde el otro lado de la valla, pienso que quizá sea el momento de volver a jugar una pachanga. Pienso también quiénes estarían disponibles en 2026 para jugar una pachanga. Pienso cuánto tiempo hace que no juego de veras a fútbol. Pienso que echo de menos la sensación de tirar o devolver una pared, de meter un pasecito interior, de pedirla, de pisarla, de quedármela.
Pienso, rememoro y fantaseo, con una motivación moderada, hasta que la cancha deja de estar vacía y se llena de seres humanos. Aparece un grupo de señores cuarentones como yo y el paisaje deja de ser idílico. Observo que no juegan exactamente andando, pero casi, porque tampoco corren, en realidad. La mayoría juega fatal: malos controles, malos golpeos, peores movimientos. La ropa les queda grande o pequeña. Coordinan mal, se giran mal, les duele todo. Están súper tiesos. De alguna manera, me estoy viendo desde fuera. Así seríamos si quedáramos para volver a jugar a fútbol, y no es bonito. Se me quitan las ganas de intentarlo.
Cuando era un chaval y tenía partidos y entrenamientos, los padres solían decir ‘si están aquí por lo menos no se están drogando’. Si nos vieran ahora, dirían ‘estarían mejor drogándose’.
Más digno. Cero dudas.
Es un poco triste, pero es así. A veces escuchas a futbolistas profesionales que dicen que el fútbol no se disfruta a esos niveles. Otros, cuando se retiran, cuentan que les duele todo al salir de la cama cada mañana. Además, muchos no saben qué hacer con su vida. Yo tengo todo eso (el sufrimiento, los dolores, el vacío), pero sin la parte de haber sido futbolista antes.
El refugio
Fuera bromas, pagaría bastante por recuperar, durante un par de horas, la capacidad de jugar a fútbol como a los 13 años. Para acercarme un poco, debería primero atravesar un sacrificio físico lejos de mi alcance. Quizá por eso me refugio en los juegos.
En los juegos virtuales: hace poco, me escribió Pablo Román para que probara VirtuaFC, un nuevo juego que ha creado. Es sencillo y a la vez tremendamente adictivo. Me ha llegado en el peor momento posible, con un montón de días libres por delante.
Empecé a jugar, la primera noche, y se me hizo de día. Desde entonces, llevo tres días que no levanto cabeza. He jugado hasta en la cola del supermercado. Obligo a mis hijos a ver la tele, que ya no quieren ver más tele y piden jugar a algo analógico o hacer algo juntos, y yo ‘hombre, no, poneos otro capítulo que estoy haciendo cosas del trabajo’, mientras juego como un yonqui y acumulo campeonatos.
No sé cuánto tiempo me durará el vicio. Seguramente me salve la vuelta al trabajo, la verdad, aunque esté feo decirlo. Igual para dejarlo necesite lo de la canchita. Sentir vergüenza viéndome desde fuera.
De momento, mi mujer observa cómo paso horas con el móvil y no dice nada. Creo que sospecha algo. Quizá piense que tengo una amante, cuando lo que tengo es un ascenso, dos Champions y cuatro Ligas en tan sólo unos días. Quizá piense lo que pensaban mis padres: ‘por lo menos no está por ahí drogándose’.
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