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Opinión | PARECE UNA TONTERÍA

Media vuelta

Me acordé esta semana de un viaje en coche que hizo un amigo cuando tenía nueve años. Sus padres ya se habían separado, y un día a sus abuelos y a su madre se les ocurrió la idea ir a pasar la jornada a Zamora, nada menos. Ninguno había estado nunca en esa ciudad. Era un hermoso plan. Se levantaron un sábado más o menos temprano y recorrieron 260 kilómetros. Después de hacer una parada a mitad de camino para repostar, estirar las piernas y mear, llegaron a la ciudad antes del mediodía. Cada vez que encontraban donde aparcar, optaban por seguir buscando un sitio más céntrico, mejor situado, más amplio: tenían un Mercedes larguísimo. Pero entonces, se metieron en una dirección prohibida, y la policía local los sorprendió in fraganti. Multa al canto. La abuela, que conducía y fumaba, cogió la multa, arrojó el cigarro por la ventanilla, la subió (funcionaba con manivela) y anunció al aire: «Aquí no se nos pierde nada». Abandonaron Zamora sin llegar a bajarse del coche. A la vuelta, se detuvieron a comer un bocadillo en Puebla de Sanabria.

Ese extraño viaje, como digo, me vino a la cabeza durante la cuenta atrás del Artemis II. Si todo va bien, la misión se prolongará 10 días y llevará la tripulación en un viaje de ida y vuelta a la Luna sin aterrizaje, con una pasada por la cara oculta del satélite, es decir, como la excursión de mi amigo a Zamora sin bajarse del coche. Tenga sentido o no la expedición relámpago, todo lo que concierne a la Luna, y al espacio en general, nos producirá siempre fascinación, así que, por qué no gastar lo que haga falta.

Éxito prodigioso

Aún recuerdo cómo hace tres años la explosión de la nave espacial Starship, propiedad de Elon Musk, fue considerada un éxito prodigioso, según la compañía. El cohete que la propulsaba era el más potente de la historia, así que el éxito fue aún más rotundo. La explosión se produjo a eso de las tres y media de la tarde en España, que, según mis cálculos, era una hora buenísima para saltar por los aires. Más éxitos, pues. Tres días antes de la triunfal voladura ya había habido un intento de lanzamiento, cuando una válvula defectuosa frustró el despegue. Es decir, el éxito se venía venir. La nave en la que Musk pretendía trasladar a cien personas a la Luna y Marte dentro de unos años, explotó a 30 kilómetros de la superficie terrestre, tras un vuelo de unos pocos segundos, en el momento que el cohete se desacoplaba. La compañía lo denominó «desintegración no programada», lo que constituyó un éxito del lenguaje. El mayor éxito, sin embargo, fue decir que todo fue un éxito.

A finales de 2020 también nos entusiasmamos brevemente al descubrir que había agua en nuestro satélite preferido, si bien ni nos iba ni nos venía demasiado. Por otra parte, la idea de agua no se contenta nunca con ser ella misma. Constantemente se agranda, se vuelve incontenible, así que después de pensarla en abstracto es inevitable dotarla, por ejemplo, de un grifo. Aunque no puedes mencionar un grifo e ignorar al otro gran socio del agua: la botella. Sea como sea, ojalá el Artemis II regrese bien y se pose en Puebla de Sanabria.

Escritor

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