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Opinión | PECES DE CIUDAD

Las monas de Pascua

Comíamos el panquemao d’Alberic, en la montaña, con la cuadrilla de amigas y amigos, comíamos la mona con longaniza seca, un huevo duro y el corazón de una lechuga, jugábamos a cualquier cosa, reíamos, estrenábamos las bambas pascueras, y gozábamos de la libertad de la primera excursión adolescente. Era en Gavarda, en la Ribera Alta del Xúquer, en medio de naranjos y de azahares en floración.

Con el paso del tiempo, la Pascua sigue celebrándose en el Mediterráneo, recibiendo la primavera, los primeros rayos de sol que limpian el aire de las profundas borrascas del invierno, que se llevan el frío y el dolor de huesos. En Pascua celebramos la vida, los colores del campo, las primeras flores, pretendiendo renovar las esperanzas en el inicio de un nuevo ciclo estacional. Frente al bullicio de las playas y de los pueblos del interior, la ciudad de Castelló se ha vaciado, sus calles han permanecido silenciosas, el tráfico se ha detenido, tan solo el paso de autobuses, del TRAM que lleva al Grau, al mar, al cielo pascuero.

De generación en generación

Comíamos els cocotets de Elodia en alguna caseta, o en los bajos de cualquier casa morellana. Pastisses celestiales que elaboran las mujeres, conservando la eterna cultura que se transmite de generación en generación. Pasteles salados, rellenos de longaniza, lomo, huevo duro, pimiento rojo…. Algunos sin tropezones de huevo, según el gusto de cada hijo y de cada nieto. Elodia bordaba, en aquella cocina soleada y solitaria, las enormes bandejas de cocotets. También comíamos roscas tapadas, saladas, con embutidos morellanos, reunidos en cualquier espacio disponible, riendo, soñando. Cada rosca llevaba el sello de una de ellas, Pilar, Toña, Ramira, África… Se fueron todas, dejando intacta la memoria de los sabores y las tradiciones, la rueda de la vida.

Periodista

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