Opinión | Miel, limón & vinagre
Víctor A. Gómez
Pedro Almodóvar, un hombre creado por el cine
El cineasta ha estrenado 'Amarga Navidad', enésimo juego de espejos con la ficción como fe personal

Pedro Almodóvar.
Para alguien que habla tanto de sí mismo, también en muchas de sus 24 películas ("Cualquier cosa que no sea autobiográfica es plagio"), qué poco sabemos de Pedro Almodóvar. Olvídense del pelazo eléctrico, de esa forma de hablar torrencial, atropellada, también de sus atuendos atiborrados de color, de sus premios, del epítome de la modernidad en nuestro país, del valedor de travestis y monjas, del "Quiero ser mamá" y del "¡Riégueme, Riégueme!"...
¿Quién es Pedro en realidad? ¿Fue, por ejemplo, el niño que descubrió su homosexualidad al ver, en pleno delirio febril por la canícula, a un mozo aseándose? ¿Es fotosensible y está aquejado por tinitus como el Salvador Mallo que Antonio Banderas le calcó en 'Dolor y gloria'? ¿La directora de publicidad de la reciente 'Amarga Navidad', que no para de trabajar para que no se detenga su vida? Es como si el cineasta, que jamás ha dejado de ser un hombre extremadamente pudoroso a pesar de tanta transgresión y confesión, se hubiera escrito y filmado a sí mismo para sublimarse. Y en algo así la verdad no es más que un punto de partida.
En Calzada de Calatrava, en los años 50, la madre de Almodóvar era la única 'alfabeta' del pueblo, por lo que ayudaba a leer y escribir las cartas a las vecinas que estaban en contactos con familiares que habían migrado a otras comunidades. Un día, el pequeño, de 8 años, se percató de que lo que les estaba contando aquella mujer, Francisca, no era exactamente lo que aparecía escrito en los papeles. "¿Pero has visto lo contenta que se ha puesto?", se justificó después la señora a su hijo. Años después, el chaval ya hacía lo propio: "Cuando salía del cine con mis hermanas, les volvía a contar toda la historia. Por lo general, les gustaba más mi versión que la que habían visto", confesó.
Y a eso precisamente terminó dedicando toda su vida: en esas escenas, que acabó incluyendo en sus filmes, se encapsula toda la existencia y el cine del manchego, un acto continuo de exaltación, de elevación casi religiosa, en el que la fe es la ficción y la vida anhelada es una especie de ultraexistencia, más allá de la realidad y de su representación.
Monjas aficionadas al LSD, mujeres que bailan una rumba coreografiada en el patio de una cárcel, cineastas veteranos en el dique seco y confrontados con el dolor y la muerte que se aficionan a la heroína, toreros retirados que devienen asesinos post-coitum, enfermeros que se enamoran (y violan) a una paciente en coma, coleccionistas de mujeres...
El bestiario almodovariano es abigarrado y delirante, como la gama cromática con que se expresa en la pantalla. Pero todo viene del negro, de la España en permanente luto y de la que huyó para no morirse: ha recordado el director que yendo con su madre de compras a El Corte Inglés en busca de un vestido para hacer de locutora en 'Mujeres al borde de un ataque de nervios' la mujer zanjó la insistencia de la dependienta por los vestidos de colores oscuros con la frase: "Deme algo de color, no quiero vestidos oscuros, me he pasado la vida vistiendo de negro. Desde los tres años, que se murió mi padre, hasta que estuve embarazada de éste [señalando a Pedro] encadené un luto tras otro".
¿Lo ven? Pedro Almodóvar siempre tiene a mano la vivencia perfecta para explicar sus decisiones creativas, su marca registrada. Resulta tan perfecta la construcción de sí mismo que el hombre no parece genuino del todo, como si, de alguna extraña manera, su cine fuera anterior a él, como si Pedro Almodóvar fuera, en realidad, un producto de sus películas y no viceversa; como si él, no su obra, fuera el resultado de la autoficción. ¿Y si usted fuera el reflejo de su espejo? Curiosamente escribió esto en una historia protagonizada por un vampiro en su libro 'El último sueño': "No existe soledad mayor que la de no sentirte acompañado por tu propia imagen. El testimonio de los demás no basta, ni siquiera el de los seres queridos. Al no poder contemplar mi propio rostro llegué a pensar que carecía de él. Estaba seguro de que, si Dios existía, pertenecía a la familia de los Espejos y, por alguna razón que se me escapaba, le gustaba negar nuestra existencia". Supongo que ahí, en algún punto en ese trayecto entre su cuerpo y el espejo, está el Pedro que no conocemos a pesar de que, aparentemente, no haga más que hablar de sí mismo.
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