Opinión | AL CONTRATAQUE
La ruleta del privilegio
Siempre hemos sabido que la guerra no es solo tragedia; también es negocio. Desde los imperios que conquistaban territorios para extraer oro y especias, hasta los conflictos modernos centrados en el petróleo o el control de mercados estratégicos, el interés económico ha sido una constante, y rara vez silenciosa. No es ya solo una sospecha: es una certeza incómoda que hemos aprendido a aceptar con resignación. Y, sin embargo, comprobarlo una vez más provoca un escalofrío: mientras miles de vidas se devastan, algunos bolsillos se engordan sin esfuerzo.
Lo que ocurrió el pasado 23 de marzo puso esa evidencia en primer plano. Ese día, minutos antes de que Donald Trump anunciara en su red social avances hacia un alto el fuego o negociaciones con Irán, los mercados financieros registraron movimientos inusuales: subidas repentinas en los futuros del S&P 500 y grandes apuestas contra el precio del petróleo, seguidas de ganancias extraordinarias para unos pocos inversores en cuestión de minutos.
Es difícil saber qué ocurrió exactamente entre el inicio de la sesión y el anuncio, pero muchos no han podido evitar la sospecha. ¿Una simple anticipación? ¿Algoritmos descifrando señales antes que las noticias? ¿O quizá algo más? La narrativa que surge está hecha de indicios que convergen en interpretaciones en la misma dirección: ninguna conclusión definitiva, pero sí demasiadas sospechas con fundamento.
Muchos analistas, como el premio Nobel Paul Krugman, han señalado que, si casos así llegaran a implicar el uso de información no pública vinculada a decisiones de seguridad o política exterior, estaríamos ante algo que trasciende la especulación financiera y que rozaría la traición a la confianza común.
De ser así, nos encontraríamos al albur de una ruleta que difícilmente puede considerarse azarosa: un gran casino financiero donde no todos apuestan en igualdad de condiciones. Para muchos pequeños inversores, cada giro se traduciría en pérdidas; para otros, en cambio, sería la ocasión perfecta de multiplicar beneficios justo antes de que se hiciera pública la jugada. La indiferencia moral de algunos encuentra en el vaivén de la guerra el terreno perfecto para operar en un tablero poco limpio. Y eso ya no es pericia ni riesgo, sino ventajismo en un juego amañado: la lógica del beneficio sin escrúpulos. Ahí la ruleta deja de ser metáfora y se convierte en síntoma de un sistema en el que siempre terminan ganando quienes menos reparos tienen en cruzar ciertos límites.
Ética
En este contexto de sospecha conviene recordar, con Immanuel Kant, que la ética no consiste en obedecer reglas externas, sino en actuar de manera que nuestras prácticas puedan elevarse a un principio universal de justicia. Si permitimos que decisiones que afectan la vida de millones se transformen en oportunidades de ganancia para unos pocos, entonces la justicia se convierte en privilegio. Y un privilegio disfrazado de azar es, quizá, la mayor perversión de todas.
Profesor de Filosofía
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