Opinión
Una tregua, muchas incógnitas
El alto el fuego de dos semanas acordado por Estados Unidos e Irán abre una puerta a la esperanza de un final negociado de la guerra y evita de momento la hecatombe con que Donald Trump amenazó a la república de los ayatolás, pero mantiene muchas incógnitas abiertas. Por más que se prodiguen Trump y Pete Hegseth en dar por cumplidos los objetivos esenciales que los llevaron a la guerra, están lejos de haber conseguido el cambio de régimen, la sujeción de Israel a lo pactado (insiste en mantener las operaciones en el Líbano) y la gestión segura del gran desafío logístico que es reabrir el estrecho de Ormuz. La caída inmediata del precio del petróleo y el optimismo en las bolsas tienen un valor indiciario; la propaganda iraní, que canta victoria al igual que la estadounidense, autoriza a temer enormes dificultades para que den frutos tangibles las negociaciones de Islamabad entre enemigos.
Trump ha aplicado una vez más su desconcertante comportamiento en una situación límite, pero al otro lado de la mesa se sienta un régimen, además de despótico, de una solidez probada, cuya supervivencia depende en gran medida de no dar su brazo a torcer y de sacar tajada de la crisis económica que se vislumbra. La dirigencia de Teherán necesita dar con un modus vivendi que aleje el fantasma de la guerra por un periodo de tiempo razonablemente largo, pero no es menor la necesidad de la Casa Blanca de zanjar la guerra cuanto antes para contener el desplome republicano en las encuestas cara a noviembre. Carecen de importancia en Irán las pulsiones de la opinión pública, porque dispone el Gobierno de un mecanismo represor que actúa sin contemplaciones; pero es fundamental en Estados Unidos escuchar con atención a la calle cuando el índice general de aceptación del presidente oscila entre el 35 y el 40%.
De momento, se antoja muy aventurado lograr que, según los 10 puntos del alto el fuego, Irán renuncie a disponer de uranio enriquecido, siquiera sea para mantener plenamente operativa la central de Bushehr, y aún más que acceda a entregar por completo su arsenal de misiles y drones. Cuando el secretario de Defensa da por alcanzados tales logros no hace más que adulterar la realidad y minimizar la fragilidad de la tregua, según coinciden en señalar los analistas estadounidenses sin vínculos con la Administración. Todo está, en fin, a expensas de que un incidente del tipo que sea rompa los contactos o de que el eventual contagio de la invasión israelí del Líbano en el escenario iraní arrastre de nuevo a Trump.
Alianza
Europa queda fuera de la ecuación resolutiva, sea cual sea esta, a pesar de que se escuchan voces en países dispuestos a ayudar en la apertura del estrecho de Ormuz, y deberá encarar la OTAN de forma inaplazable el debate sobre nuevas normas de conducta para contrarrestar el lenguaje y los gestos despreciativos de Trump.
El presidente ha puesto a la organización en un punto de imposible retorno al pasado, pero Estados Unidos necesita seguir en la alianza por más que el Pentágono denueste las reservas explícitas de los aliados en la crisis iraní. Sería verdaderamente chocante que finalmente, por mero cálculo electoral, le fuera más fácil al presidente norteamericano pergeñar un acuerdo con Irán de duración imprevisible, pero presentable, que con los socios históricos de Estados Unidos desde siempre.
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