Opinión | VIVIR ES SER OTRO
Tecnofeudalismo
Llevo un tiempo escuchando el término «tecnofeudalismo» y otros similares como «neofeudalismo», o uno más directo y explícito: «tecnofascismo». No acababa de ubicarlos respecto al mundo en que vivimos, hasta que he investigado un poco. Según quienes abogan por la vigencia de esa definición, bien para explicar la realidad actual o, en la mayoría de los casos, para referirse a la deriva que está tomando la sociedad, lo hacen sobre todo referido a un proceso que, más que con el feudalismo, tiene que ver con la caída del Imperio romano. Los defensores de esta teoría entroncan la realidad de hoy en día con los acontecimientos ocurridos en los siglos IV y V, allá cuando Roma perdió su preeminencia. Al oír esto, seguía preguntándome extrañado la relación con la actualidad.
A grandes rasgos, aunque los factores de la caída romana se han de explicar desde varios puntos de vista y no hay un único factor determinante, motivaron la pérdida del poder central y desencadenaron el fin del Imperio. Las sociedades se sumieron en lo que se ha venido en llamar, como simplificación, y de forma poética, la Edad Oscura, es decir, la Alta Edad Media, es decir en el antecedente de la Baja Edad Media que establecería el feudalismo como sistema social y económico en los territorios dominados antes por Roma.
Llegados a ese punto, ya empiezo a comprender. Todo se aclara si hablamos de un factor vital: la eliminación de la clase media, algo que ocurrió hace mil quinientos años y que está ocurriendo hoy en día. No es que en tiempos romanos hubiera una clase media mayoritaria, como ha venido pasando en las últimas décadas; pero existía: libertos, medianos propietarios de tierras, artesanos, militares retirados… Todos ellos vivían entre la opulencia de una minoritaria clase alta y una abundante clase baja, formada esta por esclavos y pequeños propietarios empobrecidos.
Esclavos
Ojo que había excepciones: esclavos de potentados que vivían en unas condiciones claramente superiores a muchos hombres libres y campesinos libres que bien se hubiesen cambiado por los anteriores. Pero la similitud es clara en tanto en cuanto, entre los más adinerados y los desfavorecidos existía una masa social intermedia. Y ahora parece que nos encaminamos hacia un futuro así, donde la gran mayoría estará entre los que a duras penas llegan a final de mes y una minoría afortunada dispondrá de recursos en la práctica ilimitados. Se va al carajo la meritocracia. El apellido, como ocurría con los nobles medievales, prevalecerá a la inteligencia, al avance social o económico, o a las ganas de trabajar y ser productivo. Todo hasta que desaparezca esa gran parte de la sociedad con aspiraciones.
Y el problema es más gordo que esta catastrófica interpretación de las señales que nos da el mundo de hoy en día: la desmotivación y apatía de esa gran parte de la sociedad no puede significar nada bueno para el mundo en su globalidad.
Quizá me pillan hoy un poco de bajón. Casi hubiera preferido mantenerme en la ignorancia y seguir viendo el tecnofeudalismo como una palabra chula de turbio significado.
Editor de La Pajarita Roja
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