Opinión | LA VENTANA DEL CEU
Arraigo
El arraigo consiste en tener raíces sólidas y profundas. Adopta su sustancia semántica del reino vegetal. Biológicamente, las raíces sirven para tomar nutrientes del suelo y sustentar la planta. Pero, penetrando en el campo de lo personal, también nosotros necesitamos alimentos para el alma y elementos que nos sostengan firmes ante los embates de la vida.
En nuestro mundo posmoderno se da un fenómeno creciente de desarraigo. Vivimos una vida líquida (Bauman) y sin raíces. Desarraigo es no sentirse de aquí ni de allá; es no cultivar relaciones densas con nadie; es opinar que nacer es ser arrojado a la nada.
Claro que en el medio está la virtud (Aristóteles): cabe un arraigo excesivo que da en radicalismo (enraizamiento excesivo): quien piensa que su tierra es mejor porque es suya; quien convierte las relaciones de amor o amistad en dependencia patológica; quien decide no embridar las riendas de la vida con la excusa de que «todo está escrito». Así que entre lo radical y lo desarraigado está el arraigo.
Uno arraiga en la tierra donde nació o donde reside. Porque no solo se es de donde se nace sino también de donde se pace. Es la patria o, mejor, matria terrenal (Unamuno). Esta tierra básica y fundamental es, sobre todo, la patria chica: la tierra que alcanzamos con un golpe de vista. Para unos es el terruño, para otros la tierruca y para nosotros la terreta. El castellonero, si lo es de verdad, ha de ser de soca: arraigado en tierra como los naranjos y almendros. Pero la patria chica no está reñida ni con la patria grande ni con la patria humana, porque el verdadero patriotismo es inclusivo; lo otro es patrioterismo.
Uno arraiga y se enraíza en las personas con las que entreteje su vida. Porque mi verdadera tierra son los míos: cónyuge, ancestros y vástagos; hermanos, amigos y vecinos… En esta increíble y maravillosa sucesión de generaciones que se superponen como las olas del mar (Homero) hay una red de reciprocidad donde se nos lega un pasado preñado de futuro. Y, como sucedía en el plano de la patria terrenal, tampoco aquí el arraigo con las personas es excluyente. Tener unos míos de los que cuidar no me quita un ápice de responsabilidad en el remediar las necesidades de mis próximos.
Uno arraiga de manera definitiva en la sacra raíz de la existencia, en la playa infinita de lo eterno. En Dios. Según la Escritura, Dios es la Roca donde uno echa raíces; y la vida se construye sobre roca y no arena (Mt. VII, 24-27). Expresiones análogas encontramos en religiones proféticas como el judaísmo y el islam. Pero entonces no arraigamos en el cieno, sino en el cielo.
Esto no es poesía: es la vida misma que a veces se convierte en sublime poesía. Así cantó Costa i Llobera al pino firmemente arraigado en los acantilados de Formentor: «Arbre, mon cor t’enveja. Sobre la terra impura, / com a penyora santa duré jo el teu record. / Lluitar constant i vèncer, reinar sobre l’altura / i alimentar-se i viure de cel i de llum pura / oh vida! oh noble sort!»
Profesor de Filosofía y director del Departamento de Humanidades de la Universidad CEU Cardenal Herrera
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