Opinión | Carta del obispo
Llamados a salir al encuentro
En Pentecostés celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, quienes, fortalecidos por el Espíritu, salen por las calles de Jerusalén a anunciar a Cristo resucitado. No se trata sólo de un hecho extraordinario del pasado. El Espíritu Santo sigue actuando en cada generación; enciende los corazones con el fuego de su amor, fortalece la fe, suscita vocaciones y carismas, y alienta a la misión.
En Pentecostés, el Espíritu Santo transforma interiormente a los discípulos y los libera de todo aquello que les impide anunciar a Cristo y el Evangelio. Pierden el miedo y salen a las calles de Jerusalén para proclamar con valentía las maravillas de Dios. También nosotros conocemos el miedo y el desaliento. Pero el Espíritu Santo sigue actuando. Cuando dejamos que el Espíritu Santo actúe en nuestros corazones, recuperamos el valor para anunciar y testimoniar la fe en privado y en público.
En Pentecostés cada uno escuchaba a los apóstoles en su propia lengua. El Espíritu Santo no elimina las diferencias ni uniforma las culturas. Al contrario, las reconoce, las purifica y las armoniza. En un mundo dividido por ideologías y exclusiones, Pentecostés nos propone una unidad que no excluye la diversidad. La Iglesia está llamada a ser casa de comunión. La diversidad de ministerios, carismas y sensibilidades no debe convertirse en motivo de división, sino en riqueza compartida. El Espíritu distribuye dones distintos para el bien común de la comunión eclesial. Como cristianos, estamos llamados a promover una cultura del encuentro, del respeto y de la fraternidad en la Iglesia y en el mundo.
La Iglesia existe para evangelizar; es su razón de ser. No podemos permanecer encerrados en nuestros templos ni reducir la fe al ámbito privado o a tradiciones vacías. El Espíritu Santo impulsa constantemente a la Iglesia hacia las periferias humanas y existenciales. Hoy el Señor nos pide ser una Iglesia cercana que sale al encuentro de los jóvenes que buscan el sentido de la vida, de las familias que atraviesan por dificultades, de los ancianos que viven en soledad, de quienes padecen pobreza o exclusión, de los migrantes, de los enfermos y de los necesitados de esperanza.
Salir al encuentro implica también una presencia responsable en la vida pública. La fe tiene una dimensión profundamente comunitaria y social. El Evangelio ilumina la construcción de la justicia, la defensa de la dignidad humana y la búsqueda del bien común. Los fieles laicos están llamados a vivir con coherencia su vocación en los distintos ámbitos de la sociedad: en la familia, en la educación, en la política, en la cultura, en el trabajo, en la economía y en los medios de comunicación. El mundo necesita testigos creíbles del Evangelio.
* Casimiro López-Llorente es obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón
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