Opinión | AL CONTRATAQUE
Batallas emocionales y política
Pensar que el debate público pertenece al reino de la razón puede ser reconfortante, pero quizá describa más una aspiración ilustrada que el funcionamiento real de nuestras sociedades. Pues la política, hemos de admitirlo, suele estar mucho más atravesada por emociones que por razonamientos desapasionados.
Nos mueve el sentido de pertenencia; nos mueven los amores y los odios, pero también las intuiciones morales y las esperanzas compartidas. Nos mueven agravios, lealtades profundas, miedos, pero también ideales. Buscamos seguridad, reconocimiento, justicia, identidad y sentido. Todo ello forma parte de la condición humana. Pero no todas las emociones en juego son iguales.
Existen emociones que nos hacen replegar, como son las de «lo mío primero», la de hacer sospechoso al diferente, la de ver amenazas en la diversidad, la de poner fronteras entre los nuestros y los que sobran… y también la de la caza abierta del adversario. Emociones que cristalizan en la ansiedad identitaria, la nostalgia de un pasado idealizado, la inquina y la indignación convertidas en combustible. Emociones eficaces que simplifican, que señalan culpables y activan respuestas rápidas. Algo que ciertos líderes políticos saben, que algunos medios explotan y que muchas redes sociales amplifican.
Pero también hay emociones que nos ensanchan, como la empatía que nos hace descubrir personas donde otros solo ven etiquetas y amenazas; la solidaridad que agranda la palabra nosotros; la alegría de ver que se amplían derechos, aunque no sean los nuestros; la conmoción ante las injusticias, aunque se perpetren lejos. Y no puedo evitar de pensar en Bertrand Russell, cuando escribió que, junto al anhelo de amor y la búsqueda del conocimiento, había gobernado su vida una compasión insoportable ante el sufrimiento humano.
Son dos tipos de emociones muy dispares alrededor de las cuales se han organizado las sociedades en diferentes momentos y lugares. Hay momentos en las que la cooperación y el reconocimiento mutuo encuentran terreno más fértil. Y hay otros en los que prosperan con demasiada facilidad el miedo infundado, el «primero los míos» o la necesidad de enemigos claros, ya sean reales o imaginarios. Dónde estamos aquí y ahora y quién fomenta cada tipo de emoción es la pregunta que dejo en el aire.
Puede que la razón no baste, pues los datos y los argumentos rara vez derrotan a una emoción intensa. Pero tal vez todavía podamos aspirar a algo más modesto y exigente a la vez, como es someter también nuestras emociones a examen; preguntarnos cuáles nos hacen crecer como seres humanos y como sociedad, cuáles han estado históricamente ligadas a una convivencia más digna, a comunidades con más derechos, con vidas más libres y menos vulnerables al abandono. Lo digo desde la confianza, quizá demasiado optimista, de que eso es lo que a todos nos importa como sociedad, pues lo contrario me resulta insoportablemente desesperante.
Es cierto que no podemos desterrar la emoción de la política; hacerlo sería imposible. La cuestión, sin embargo, radica en decidir qué emociones deben ocupar su centro y el de la vida en común, porque no todas nos conducen al mismo destino.
Profesor de Filosofía
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