Opinión | PARECE UNA TONTERÍA
Caer a la mitad
Hay dos fases que seguramente ninguna vida puede eludir. El ciclo en que uno pretende ser alguien, hacer algo grande, brillar como una estrella, y el momento, más adelante, en el que se ha conformado con ser tal vez uno más, y hacer algo un poco pequeño e ir cobrando a fin de mes por ello. Hace algunos años me había despertado mucha curiosidad que un día, en el patio del colegio, un niño de 5 años dijese que de mayor quería ser psiquiatra, como su tío, y a la misma pregunta (qué quería ser en la vida) mi hija respondiese: «Yo no quiero ser nada». Aquello me dio esperanzas, aunque no sé bien de qué. El caso es que estas semanas Helena ha estado insistiendo en que ya quiere ser algo. Arquitecta, más concretamente. Quizás en un año aspire a ser premio Pritzker: el inevitable instante en el que se sueña con el éxito.
Esto me lleva a una escena de La ley del silencio (1954), de Elia Kazan, en el asiento trasero de un taxi, donde está Terry Malloy, interpretado por Marlon Brandon, un exboxeador que después de una carrera modesta, sin victorias dignas de mención, trabaja para el sindicato de estibadores de Nueva York, conectado con la mafia; de vez en cuando Terry recurre a la violencia para que el crimen organizado fluya y en los muelles impere el silencio. A su lado se encuentra su hermano Charley, un abogado que cree en la delincuencia más que él. Terry le hace saber que está harto de trabajar para mafiosos. «Quiero un empleo, ganarme un pedazo de pan, es lo único que deseo», dice, preparado para empezar de cero y llevar una vida más honrada. Charley responde que esas aspiraciones están bien para un crío, pero él ya no lo es. «Vas a cumplir los treinta, una edad para pensar con algo más de ambición», afirma, a lo que su hermano, con una frase de exboxeador y psiquiatra, replica que «yo siempre he pensado que viviría más años sin ella».
De más a menos: así fluyen las vidas, a medida que las expectativas confrontan con la realidad, y pierden. Ferrater Mora lo decía a propósito de la figura escritor, que «está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco por debajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretende ser como un autor de cuarta fila…». No puede ser de otra manera. Para lo contrario, poco menos que habría que ser alumno del Instituto Benjamenta, que conocimos en Jakob von Gunten, novela clave de Robert Walser. El Benjamenta estaba integrado por muchachos que jamás llegarían a nada en la vida, y que el día de mañana serían tipos modestos y subordinados. Preparaba a los alumnos para ser perfectos don nadie. «El día de mañana (decía el joven Jakob) seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré». En cierto sentido, el narrador saldría convertido, después de su estancia en el Benjamenta, en Robert Walser, alguien libre de afanes, sin aspiraciones ni vanidad.
Escritor
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