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Opinión | A FONDO

Quince años después

Hace quince años crucé por primera vez la puerta del despacho de la alcaldía de Vila-real. Recuerdo perfectamente aquella sensación. La ilusión de quien afronta un reto apasionante se mezclaba con el vértigo de una enorme responsabilidad. Sabía que nuestra ciudad tenía importantes desafíos por delante, pero no podía imaginar hasta qué punto aquella experiencia iba a transformar mi manera de entender la vida, las personas y el propio significado del servicio público.

Cuando uno llega por primera vez a una responsabilidad de gobierno piensa que su trabajo consistirá en tomar decisiones, impulsar proyectos, aprobar presupuestos o resolver problemas. Y es cierto. Sin embargo, con el paso del tiempo descubres que gobernar una ciudad es algo mucho más profundo.

Gobernar significa escuchar. Escuchar mucho. Escuchar a quien está de acuerdo contigo y a quien no lo está. Escuchar a quien te felicita y a quien te critica. Porque detrás de cada petición, queja o sugerencia hay una persona que espera que las instituciones estén a la altura de su confianza.

Durante estos quince años he aprendido que la política local es probablemente la forma más humana de hacer política. En un ayuntamiento los problemas tienen nombres y apellidos. Te los encuentras en la calle, en una reunión vecinal, en una asociación o en cualquier acto de la ciudad. La cercanía es al mismo tiempo la mayor riqueza y la mayor exigencia de quienes tenemos responsabilidades municipales.

También he aprendido que los grandes cambios rara vez se producen de la noche a la mañana. Vivimos en una sociedad acostumbrada a la inmediatez, pero las transformaciones importantes requieren tiempo, perseverancia y paciencia. Muchos avances que hoy disfrutamos son el resultado de decisiones tomadas hace años, de esfuerzos compartidos y de una constancia que no siempre resulta visible.

Si tuviera que resumir la principal lección de estos quince años, no hablaría de ninguna obra ni de ningún proyecto concreto. Hablaría de las personas. Porque una ciudad no la construye un alcalde ni un equipo de gobierno. La construyen miles de personas anónimas: quien abre la persiana de su comercio, quien trabaja en una empresa, en el campo o en un taller, quien cuida de un familiar dependiente, quien dedica horas a una asociación o ayuda a un vecino sin esperar nada a cambio.

A lo largo de estos años he tenido el privilegio de conocer a miles de personas extraordinarias. Personas que nunca ocuparán cargos públicos ni aparecerán en los titulares, pero que representan lo mejor de nuestra sociedad. Son ellas quienes sostienen la convivencia, mantienen vivo el tejido asociativo y hacen posible que una ciudad sea mucho más que un conjunto de calles y edificios.

Por supuesto, no todo ha sido sencillo. Han sido años de alegrías, pero también de dificultades, decisiones complejas, críticas y desgaste personal. Forma parte de la responsabilidad que asumimos quienes decidimos dedicar una parte de nuestra vida al servicio público.

Quizá por eso me preocupa especialmente una tendencia de nuestro tiempo: la dificultad creciente para distinguir lo importante de lo urgente, la reflexión del ruido.

Ya lo advertía hace casi un siglo José Ortega y Gasset. Sin internet, redes sociales ni teléfonos móviles. No llegó a conocer la sociedad de la hiperconexión permanente, donde cualquiera puede emitir un juicio instantáneo. Si entonces observó el riesgo de una sociedad en la que muchos se sienten legitimados para opinar sin el esfuerzo previo de comprender, cabe preguntarse qué habría pensado ante el mundo actual.

El problema no es que existan más voces. Eso es una riqueza democrática. El problema aparece cuando el ruido desplaza a la reflexión, cuando las emociones sustituyen a los argumentos y cuando los aplausos inmediatos pesan más que las soluciones duraderas.

Quizá por eso, quince años después, uno de mis mayores deseos es conservar la capacidad de abstraerme de ese ruido. No de la crítica, que siempre es necesaria, sino del ruido. Mantener la serenidad suficiente para no dejar que otros decidan cada día nuestras prioridades, preocupaciones o estados de ánimo. Levantar la mirada más allá de la polémica permanente y concentrarnos en aquello que realmente mejora la vida de las personas.

Porque, al final, la política no debería consistir en elegir constantemente entre un mal y un mal menor, ni en sobrevivir a la siguiente controversia. Debería consistir en mantener un rumbo, actuar con honestidad y trabajar con serenidad por el bien común. Y esa es, probablemente, la lección más valiosa que me dejan estos quince años: que por encima del ruido siguen estando las personas. Y que sigue mereciendo la pena dedicar nuestros esfuerzos a ellas.

Alcalde de Vila-real

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