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Opinión | SIN RESERVAS

Nada nuevo cara al sol

El hasta ahora anónimo portero del CE Sabadell se ha hecho viral por su desenfadada forma de celebrar el ascenso a Segunda División. Sabíamos que, por ejemplo, Luís Figo gritó eso de «blancos llorones, saluda a los campeones» desde el balcón de la Generalitat un año antes de fichar por ese mismo equipo llorón. También vimos a los jugadores del Real Madrid celebrar en Cibeles la Liga de 2017 al ritmo de un sonoro «Piqué, cabrón, saluda al campeón» como respuesta a la afrenta de la manita que el central catalán paseó con sorna después de un sonado 5-0. Nada nuevo bajo el sol, cosas del fútbol. Ahora, como hemos visto en Sabadell, hay otra forma de festejar las gestas de los equipos de fútbol sin mencionar a los rivales. A los deportivos, claro.

Se trata de alentar a la enfervorizada masa para llamar hijo de puta al presidente del Gobierno. Una fórmula mucho más soez, pero, la verdad, nada imaginativa. La gracieta de Diego Fuoli, que así la ha calificado el muchacho, demuestra, además, el poco ingenio de quien ha de echar mano de un clásico para ganar unos minutos de gloria mediática. Este lumbrera no ha inventado nada. Ese mismo vituperio se ha coreado en campos como el Benito Villamarín o el Carlos Tartiere, en pregones de fiestas patronales como las de Huesca; en conciertos y bolos donde los artistas jalean la nueva canción del verano, o, incluso, en la plácida Cabalgata de Reyes de Sevilla a su paso por el barrio de los Remedios donde PP y Vox se reparten los votos y, por lo visto, también los agravios al presidente. Nada nuevo cara al sol, cosas de la política.

Todo empezó en Madrid, en las convocatorias fascistas ante la sede de Ferraz, donde se llegó a apalear a un muñeco con la efigie de Sánchez al amparo de la libertad de expresión que consagra la Constitución. Es lo que tiene dotarnos de unas libertades que estos demócratas de última generación, los mismos que dicen añorar la dictadura que no conocieron, entienden solo de parte. Porque resulta que se puede insultar con absoluta impunidad al político de turno, o retirarle la asistencia sanitaria al inmigrante que molesta, pero no se puede pactar con partidos democráticos para conformar una legítima mayoría parlamentaria.

La cosa va de tirar al presidente de la Moncloa como sea y haciendo cada uno lo que tenga que hacer. Como canta Sabina, sobran los motivos para sacar a Sánchez. Seguro. Pero sería mejor hacerlo por los mecanismos democráticos. Sí, la moción de censura. La misma que defendió el indefendible Ábalos para jubilar a M. Rajoy (ya saben de quien hablamos) cuando el PP fue condenado como «partícipe a título lucrativo» por la Gürtel. La continuidad de un gobierno manchado por la corrupción, que ha visto sentenciar a uno de sus exministros más relevantes a 24 años de cárcel, se ha de dirimir en el Congreso y no en la plaza pública a base de insultos. Tampoco en los tribunales con intervenciones tan sectarias como la del juez Peinado, o la que acabó por la vía rápida con el anterior Fiscal General sin aportar una sola prueba en su contra. Actuaciones que verifican la teoría de que hay togas que, con sus autos, actúan de eficaz quinta columna en pro de la causa.

Periodista y escritor

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