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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

La altura y PortAventura

Hace un par de semanas, parte de la familia fuimos a PortAventura. Mi hijo de 9 años y yo como novatos. El niño quizá era el único de su clase que todavía no había probado el famoso parque de atracciones. Y yo el único padre que se estrenaba, y eso que soy de los más veteranos, tal vez incluso el mayor.

El caso es que siempre he tenido un problema con las alturas. Vivo en un cuarto y me cuesta horrores aproximarme a la ventana. Salir al balcón me resulta una tortura. Por ejemplo, cuando en el Magdalena Vítol pasa la traca por mi calle, nunca me atrevo a escorar el cuerpo hacia afuera para verla venir de lejos. Desde luego, el viaje a Salou se presentaba lleno, cuanto menos, de dudas. Pero lo que más me preocupaba no era exactamente pasarlo mal, que también, sino dar un mal ejemplo al niño y que se contagiara de mi terror. Así que llegué mentalizado a sonreír, por mucho que lo pasara mal, y si la cosa se ponía muy fea e insoportable, fingir una jaqueca, problemas estomacales o un «me duele la junta de la trócola». Al tiempo, me presenté allí optimista: hace más de treinta años que no subo a una montaña rusa y creo que muchas facetas de mi vida, sea por la experiencia o el mesenfotisme que a todos nos acaba alcanzando, han cambiado en el modo que tengo de ver las cosas, incluso las chorradas.

Así que, de algún modo, llegué allí dispuesto a dar al menos la cara. También veía que mi mujer y mi cuñada no venían del todo guerreras y, aunque en su juventud se subieron a las atracciones más impactantes, el tiempo las había serenado y tampoco me iban a exigir demasiado. Otro punto para mi optimismo es la escasa altura de mi hijo, que allí comprobamos llega muy justo al metro treinta, así que las más exigentes quedaban fuera de su alcance.

Comenzamos con una de «las de agua», cuyo tormento fue más por la cola de una hora que por los dos minutos y el chapuzón resultante, que con la ola de calor de ese domingo resultó agradable y todo. Y bueno, seguimos con otras atracciones más radicales y veía que tanto el niño como yo aguantábamos bien.

Hasta que llegamos a Stampida, del nivel más alto. El niño se subió con su tía y yo solo, en primera fila. Mi gran suerte fue que, con toda sinceridad, no sabía que era de las más salvajes, y que debía dar ejemplo. Total, que para mi tremenda sorpresa me llevé algún que otro susto, pero lo pasé bien, incluso me gustó. Al niño le encantó, tanto que quería volver a subirse nada más terminar. De hecho, hubiéramos repetido de no ser porque hay mil atracciones a las que subirse y nuestro tiempo era muy limitado.

La próxima, al Dragon Khan de cabeza. Eso sí, fue llegar a casa y, al ir a abrir la ventana para que corriera el aire (seguía la ola de calor), el pánico por las alturas seguía. Entonces recordé que en Stampida mirar al frente no me causaba especial congoja, pero hacerlo a los lados, me turbaba por completo. Diría que tengo un pánico puro a las alturas, y ya está. También podría considerar que soy raro sin más y, seguramente, acierte así.

Editor de La Pajarita Roja

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