Opinión | ÁGORA
El pucherazo de Feijóo
A finales del XIX el fraude electoral español llegó a niveles de sofisticación desconocidos en el mundo occidental. Fue en el régimen de la Restauración ideado por Cánovas del Castillo. Todos los instrumentos orientados a impedir el fraude fueron eficaz y descaradamente utilizados para perpetrarlo. Ayuntamientos y gobernadores civiles a las órdenes del ministro del Interior amasaban la manipulación. El adobe de los censos generó todo un estilo: «oficio de resurrección de los muertos y transfiguración de las almas». Se adelantaba el reloj municipal para impedir la aparición de interventores fuera de hora. Un alcalde como el de Denia en 1884, podía entrar en el colegio, abrir la urna, quemar las papeletas y sacar del bolsillo un papel con los resultados. Piquetes de ciudadanos armados o guardias civiles impedían votar en muchas poblaciones. Poco importaban las formas. Lo importante era que se produjeran actas «límpias». «Lo que importa es la impecabilidad del acta. Cómo se ha conseguido es oficio de plebeyos que un caballero debe silenciar». Era costumbre montar cerca del colegio electoral un tenderete con anís y rollitos para un piquete de ciudadanos, denominados «peatones». «Hombres ligeros de pies y más ligeros de conciencia», que por unas pesetas votaban por otras personas. Y lo hacían varias veces. La primera vez, con el nombre aprendido. A la vuelta, anís, rollito y nuevo nombre. La tercera vez, con un sombrero para disimular haber aparecido varias veces. La cuarta y siguientes, tras el anís y rollito, pedos ya, se les daba un papelito con un número del censo que presentaban al presidente de la mesa, previamente aleccionado. Es cierto, no obstante que, a veces, la magnitud del fraude era tan desmedido que fue necesario intervenir. Así ocurrió en el municipio de San Joan d’Alacant en 1896. Tuvieron que llamar al notario, que levantó acta, y a la Guardia Civil. El atropello resultó ser de tal envergadura que tuvieron que producirse detenciones. Detuvieron… al notario. La edad de oro del fraude electoral. Los tiempos brillantes del viejo caciquismo. Hoy, poco más de un siglo después, España tiene la muy ganada fama de producirse con los mayores estándares de honestidad electoral. Pero la derecha, a las órdenes de la internacional ultra, ha decidido embarrar el terreno y abrir la puerta al descrédito de la democracia española. Acusar «a priori» de fraude. De «fabricar» electores, regularizaciones, «ley de nietos», «golpe de estado». No. Definitivamente, no están a la altura de los viejos maestros del fraude. Pero hay algo que merece especial atención en todo esto. El bueno de Feijoo, después de producir esta denuncia y sabiéndose mimado por la demoscopia, ha visto la oportunidad de proponer una singular solución: otorgar un plus de diputados a la lista más votada, la suya. Volvamos a la historia. En plena Transición, la izquierda bendita, beata, consensuaria, aceptó un mecanismo electoral que le espetó Suárez y que favorecía a los sectores conservadores. Y lo hizo a sabiendas de que le habría de perjudicar. Pero en aquel momento, prefería perder las elecciones que permanecer sin elecciones. Se diseñó un procedimiento razonable en el conteo de votos (Ley d’Hont) pero un mapa de circunscripciones diseñado para favorecer a los partidos conservadores. Se adjudicaba a las provincias un mínimo de diputados al margen del número de habitantes. Permítanme unas cifras ilustrativas. Todas las circunscripciones tienen fijos dos diputados, excepto Ceuta y Melilla que tienen uno. Eso suma 102 diputados, de los 350 que se completarán proporcionalmente a su resultado. Pongamos un ejemplo práctico: Málaga. 1,3 millones de electores. Número de diputados, 11. Hacemos la división y da 118.000 electores por diputado. Teruel. Tiene un censo de 106.000 electores. Divididos por dos diputados tocan a 53.000 electores por diputado. O sea, los votos de Teruel valen más del doble que los de Málaga. Y así con todas las pequeñas circunscripciones. El búnker exigió a Suárez que primase a determinados territorios históricamente conservadores, propiciando que con menos votos produjeran más diputados. Ahí aparecieron voces de la izquierda pidiendo un fondo de 50 diputados reequilibrador de restos. Infinita ingenuidad. Y ahí tienen ustedes al Cid Campeador a caballo, recolectando votos conservadores por la España mesetaria. La Castilla de cristianos viejos asomando por la rendija de las urnas. La vieja España feudal rediviva como aval de futuro del conservadurismo contemporáneo. El último reducto del antiguo caciquismo. Y, así, en la Transición, se produjo un auténtico pucherazo sistémico y alargado en el tiempo que la izquierda aceptó. Pero ahora Feijoo, al tiempo que acusa al gobierno de fraude electoral, urde un segundo pucherazo reclamando para sí más diputados sin pasar por las urnas. Pucherazo de guante blanco. Y lo hace en nombre de la «gobernabilidad». Pero, claro, los ejes esenciales de un estado democrático son la soberanía y la división de poderes. La gobernabilidad no milita en la primera división de los valores estructurales de un estado democrático. La soberanía, sí. Y la soberanía tiene que ver esencialmente con el voto. Y tanto más puro será el sistema cuanto más directamente el voto respete, sin distorsión alguna, la voluntad del votante. La gobernabilidad tiene más que ver con la capacidad y la índole del liderazgo, con la capacidad para tejer alianzas, consensos sobre los que hacer descansar el sistema. Justo las virtudes que adornan al gran Feijoo. Ilustre tejedor de consensos con los catalanes. Consensos con los vascos. Pero la perversión de la propuesta de Feijóo no acaba ahí. No es posible llevarla a efecto, sin perjudicar al contrario. Reclama para sí los votos, que fue incapaz de conseguir, para reforzar una posición que no supo ganar. Denuncia el fraude al por menor para llegar al pucherazo al por mayor. Como en los tiempos del gran manipulador Romero Robledo. Denunciar un fraude inconveniente para construir, en su lugar, un fraude pertinente. Pero, no está a la altura. Se ha liado. Es difícil saber qué denuncia o qué pide. Le falta mucho para llegar al virtuosismo de los viejos maestros del pucherazo. Era mucho más sencilla la vía del alcalde de Denia.
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