Opinión | Un libro abierto

Coordinador del suplemento cultural 'Quaderns'
El nombre en la portada
Sigo preocupado, como imagino que lo están tantas personas que todavía creen en eso que llamamos «palabra», por esa práctica interesada de despojar a la mente humana de su creatividad y por el creciente empeño en librarnos de cualquier esfuerzo que implique realizar una actividad, sea del tipo que sea.
Queremos comer, pero no cocinar. Queremos —o, más bien, anhelamos— un cuerpo diez, pero no ejercitarnos. Queremos ganar dinero, mucho dinero, cuanto más mejor, pero sin necesidad de pasarnos casi ocho horas encerrados en un cubículo, sin asumir responsabilidad alguna y sin tener la menor idea de aquello que, en principio, deberíamos saber hacer. Todo nos importa un bledo. O casi.
Del mismo modo, queremos escribir bien sin leer, sin practicar la escritura. Es más: queremos publicar libros sin pasar por ningún filtro profesional, no vaya a ser que alguien nos diga que aquello que hemos escrito no vale absolutamente nada.
Por si eso fuera poco, ahora —sí, sí, ahora mismo—, quien quiera puede publicar un libro sin haberlo escrito siquiera. Y tenerlo entre sus manos en noventa días.
Eso es lo que promete una de esas plataformas de autoedición que parecen haber dado un paso más en su empeño por conseguir que veas tu nombre impreso sobre una portada. Porque eso es lo que verdaderamente importa: el nombre en la portada. El resto, ¿para qué? Todo ello, por supuesto, gracias a la inteligencia artificial. Y lo anuncian sin tapujos.
Antes —y todavía ahora— conocíamos la existencia de los denominados, de forma no demasiado acertada, «negros literarios», esos profesionales que se dedican a escribir los libros de otros. Casos reveladores, por no decir vergonzantes, hay unos cuantos y son de sobra conocidos. No obstante, detrás del engaño había, al menos, una persona. Ahora, ni siquiera eso.
Uno, por el mero hecho de que le guste la historia de los vikingos, puede escribir hoy en día la gran epopeya vikinga sin necesidad de investigar, sin dedicar horas a decenas o cientos de lecturas y, por supuesto, sin saber escribir, sin poseer la menor gracia ni sensibilidad.
Reconozco que, cuando me apareció aquel anuncio que decía, y cito textualmente: «Escribimos, maquetamos y publicamos tu libro en 90 días», me quedé atónito. Esa primera persona del plural de «escribimos» me noqueó. En ella se hacía evidente que aquello que hasta hace poco considerábamos un peligro ya era una realidad, una triste realidad. Y no me refiero solo a la ausencia de una mano que teclea palabra tras palabra, sino a la desaparición de una mente que piensa, imagina y construye una historia, sea esta buena o mala.
Al final, quizá tenga razón Adan Kovacsics cuando escribe en El destino de la palabra (Edicions del Subsuelo): «La palabra era revelación. Luego fue verdad. Después fue hipótesis». Ahora somos nosotros mismos la hipótesis de no se sabe muy bien qué. Hemos empezado a considerar prescindible nuestra propia participación en el acto de crear. Nos negamos a nosotros mismos, renunciamos al esfuerzo que nos define y celebramos como un logro aquello que amenaza con volvernos irrelevantes.
Somos nuestros propios verdugos. Y, al pensarlo, no puedo evitar recordar aquella frase de Jean Giono en Fragmentos de un diluvio.Viajes por un tríptico (Vaso Roto): «Son tan tontos que si pudieran imaginar que su muerte ha tenido algún tipo de interés para Dios, serían capaces de gloriarse».
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