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Opinión | A quemarropa

Otra crónica

Dejen que les hable del partido del viernes, queridos lectores, desde las tripas.

Hace cuarenta años, tras el partido de cuartos de final del Mundial México-86, se abrió una herida en mi joven e imberbe espíritu. Sentí que Bélgica nos había ganado de manera injusta. Que Eloy había fallado un penalti injusto, en una tanda que no nos correspondía jugar, y que el meta Jean Marie Pfaff era poco menos que un malnacido. Exageraba, por supuesto, pero es que así son a veces lo jóvenes. El bueno de Pfaff solo hizo su trabajo lo mejor que supo y pudo. Pero lo sentí, de verdad. Y esa herida ha permanecido sangrante cuatro décadas.

Tras ganar la Eurocopa de 2008, el Mundial de 2010, la Eurocopa de 2012 y la de 2024, esa herida debió cicatrizar de una puñetera vez. Lo creí. Casi lo sentí. Pero no fue así. Ayer la noté abrirse de nuevo en canal. Percibí desde buena mañana que, si la historia se repetía, de nuevo en cuartos de un mundial, cuarenta años redondos después, ante la Bélgica de Thibaut Courtois, algo dentro de mí volvería a romperse. No sé bien por qué. Imagino que los traumas infantiles tienen estas mierdas.

La lesión de Courtois me da igual. La de Tielemanns, durante el calentamiento, también. No me importa que la mala suerte se cebara con la selección belga, porque en mi fuero interno pienso que se lo merecían. Merecían perder en cuartos de un mundial contra España. Se ha hecho justicia, o no, pero tampoco eso importa.

La victoria es salvaje, justa o injusta, pero siempre cruda, violenta y tremendamente salvaje. Provoca algo en nosotros que es primitivo y embriagador. Primario. Y si es vengativa, aún más.

* Pablo Sebastiá es escritor

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