Opinión | Editorial
Industria, sí; asfixia, no
La pasada asamblea anual de Ascer (la patronal azulejera española con sede en Castelló) nos ha dejado un mensaje que trasciende la lógica rendición de cuentas de cualquier organización empresarial. La industria cerámica ha vuelto a poner sobre la mesa un diagnóstico que lleva tiempo repitiendo y que cada año adquiere mayor urgencia. La competitividad ya no depende únicamente de vender más o de conquistar nuevos mercados, sino de la capacidad para sobrevivir en un entorno en el que la regulación, la energía y la transición climática avanzan a un ritmo que no siempre tiene en cuenta la realidad tecnológica de la industria.
El sector ha demostrado en los últimos años una notable capacidad de adaptación. Superó el impacto de la crisis energética, diversificó mercados, aceleró inversiones en autoconsumo, reforzó su presencia internacional y ha seguido apostando por la innovación y la formación como elementos diferenciales. Sin embargo, ese esfuerzo corre el riesgo de resultar insuficiente si las decisiones que se adoptan desde Bruselas terminan imponiendo obligaciones que no pueden afrontarse con la tecnología disponible en la actualidad.
La revisión del sistema europeo de comercio de emisiones constituye el mejor ejemplo de una preocupación que no es poca. La descarbonización es un objetivo irrenunciable y la industria cerámica no lo discute ni lo ha discutido nunca. Lo que cuestiona es que se exijan reducciones para las que todavía no existen alternativas industriales viables. Convertir la transición ecológica en un proceso ajeno a las posibilidades reales del tejido productivo puede acabar generando el efecto contrario al perseguido, porque una pérdida de competitividad sostenida no reduce emisiones globales si la producción simplemente se desplaza hacia países con exigencias ambientales mucho menores y claramente con posiciones regulatorias mucho más ventajosas en detrimento de las compañías del ámbito comunitario.
Los datos económicos explican por qué la inquietud es creciente. La energía continúa representando uno de los principales costes de fabricación y el encarecimiento de los derechos de emisión añade una presión adicional sobre unos márgenes que todavía no se han recuperado plenamente de la crisis vivida hace apenas dos años. Que el coste energético por metro cuadrado se haya duplicado respecto a 2019 ilustra hasta qué punto el escenario ha cambiado para una actividad intensiva en consumo de gas y electricidad.
Al mismo tiempo, la propia memoria de Ascer demuestra que el sector no permanece inmóvil. Las inversiones en instalaciones fotovoltaicas, la defensa de la cogeneración, la apuesta por la digitalización o la formación especializada reflejan una industria consciente de que el futuro pasa por producir de forma más eficiente y sostenible. La cuestión es si ese esfuerzo empresarial encontrará un marco regulatorio que lo acompañe o si, por el contrario, se convertirá en una carrera de obstáculos cada vez más difícil de superar.
No conviene olvidar que la cerámica representa mucho más que un sector exportador de éxito. Es uno de los principales motores industriales de la Comunitat Valenciana y sostiene miles de empleos directos e indirectos.
Europa tiene el legítimo propósito de liderar la transición climática, pero ese liderazgo solo será sólido si consigue compatibilizar la sostenibilidad ambiental con la sostenibilidad económica.
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