Opinión | Editorial
La calidad turística como estrategia
Las cifras que sitúan a Castellón en el radar de la inversión hotelera merecen una lectura que trasciende el simple recuento de proyectos o habitaciones. Es verdad que la provincia continúa lejos de la realidad que han vivido y viven las provincias hermanas de Alicante y Valencia, pero también es cierto que Castellón empieza a consolidar una tendencia que puede resultar mucho más relevante que el dato cuantitativo. El interés creciente de las cadenas hoteleras revela que el destino comienza a percibirse como un territorio con margen para crecer en calidad y diversificación, dos elementos decisivos en la evolución del turismo actual.
Durante años, nuestra provincia ha convivido con una paradoja que era siempre difícil de explicar. Pese a disponer de un litoral competitivo, un patrimonio natural singular, una oferta gastronómica cada vez más reconocida y una creciente capacidad para albergar eventos deportivos y culturales, su planta hotelera venía evolucionando con mayor lentitud que la de otros destinos mediterráneos. Esa circunstancia ha limitado, en parte, su capacidad para atraer determinados perfiles de visitantes y prolongar las estancias más allá de los meses de verano.
Los proyectos más recientes que se vienen anunciando apuntan hacia un cambio de tendencia. La llegada de nuevos establecimientos, algunos orientados a segmentos de mayor calidad y otros fruto de la renovación de activos existentes, responde a una lógica que se observa en buena parte del mercado turístico europeo. Ya no basta con incrementar la capacidad en cuanto a alojamientos. La competencia se libra ahora en la calidad de la experiencia, la sostenibilidad de las instalaciones, la diferenciación y la capacidad para atraer a un visitante con mayor poder adquisitivo y una estancia más rentable. Ese cambio de paradigma resulta especialmente interesante para Castellón. La provincia difícilmente podrá competir con otros destinos únicamente desde el volumen, pero sí tiene margen para hacerlo desde la especialización. El turismo deportivo, el gastronómico, el vinculado a la naturaleza, el cultural... ofrecen oportunidades para reducir la estacionalidad y distribuir mejor la actividad a lo largo del año, generando un impacto económico más estable sobre el comercio, la hostelería y el conjunto del tejido empresarial.
Nos llevaría al error identificar el éxito únicamente con la apertura de nuevos hoteles. La inversión privada constituye una condición necesaria, pero no suficiente. La competitividad turística también depende de unas infraestructuras adecuadas, de una buena conectividad, de la conservación del entorno, de una oferta cultural dinámica y de unos espacios públicos capaces de reforzar la identidad del destino. La calidad de un alojamiento pierde valor si el conjunto de la experiencia no responde a las expectativas del visitante.
También será importante preservar el equilibrio. El crecimiento turístico genera riqueza y empleo, pero debe producirse de manera compatible con la calidad de vida de los residentes y con la protección de los recursos que precisamente hacen atractivo el territorio. La sostenibilidad no es un elemento accesorio; es un factor competitivo que cada vez pesa más en las decisiones de inversión y en las preferencias de los viajeros. Por lo que Castellón tiene una gran oportunidad para ocupar una posición más relevante en el mapa turístico, pero tengamos en cuenta que el reto no es ganar volumen, sino asegurar un modelo turístico capaz de generar mayor valor añadido.
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