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Opinión | PECES DE CIUDAD

El fuego que no cesa

Las primeras horas de la mañana de ayer, lunes, la ciudad amanecía sumergida en un aire húmero, denso, gris. El Parque Ribalta y su recorrido diario era espeso, sin posibilidad de transpirar y recomponernos. Los restos del fin de semana estaban por todas partes. Este parque está sucio, como lo está el resto de la ciudad que no es primera línea de nada. Ribalta es una historia de desamor institucional y ciudadano. Es una masa verde esperando que alguien la observe y escuche, a riesgo de que en semejante contemplación pueda dejarse caer una gran rama o un árbol entero. Porque así son los abandonos, generan sequía emocional y te dejan caer sin remedio.

Mientras aporto mi grano de estima diaria a este hermoso parque urbano voy pensando en los paisajes naturales y en los horrores del fuego, su origen, evolución, sus consecuencias. La tarde del domingo comenzó a arder una zona de la vecina comarca del Matarraña, concretamente en Penyaroja de Tastavins, extendiéndose a otras zonas de alto valor ecológico. Ayer, al mismo tiempo, la radio iba informando del horroroso incendio de Los Gallardos, en Almería, con 13 personas muertas y varios desaparecidos. Ahora se conocen historias escalofriantes de quienes se quedaron en casa e intentaron luchar contra las llamas. Salvar a las personas, salvar a los animales, salvar las propiedades ha sido una lucha desesperada.

Mientras les escribo hay mucha preocupación por el incendio turolense, por su proximidad a parques naturales donde el fuego se propagaría rápidamente. La Naturaleza está seca, cansada, estresada. La lucha contra el fuego debería ser un asunto colectivo de gran motivación, no solo de operarios, bomberos, las brigadas, quienes trabajan a destajo en unas condiciones deplorables, sufriendo graves recortes autonómicos en Emergencias.

Es periodista

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