Opinión | VIVIR ES SER OTRO
Desindependentismo
Me entero de que hay una parte de belgas y neerlandeses que abogan por unificar sus dos países. Sabía del iberismo aquel que, contradiciendo a los innumerables independentismos españoles abraza la idea de juntarnos con los portugueses. José Saramago, el brillante escritor luso, premio Nobel de Literatura en 1998, siempre fue su más notable defensor. ¿Quedan algunos? Pues supongo que, citando a los más culturalmente cercanos al otro país de la Península, los gallegos, diría aquello de «haberlos haylos». Si los hay, hacen poco ruido, les falta un adalid. Cristiano Ronaldo podría ser un buen embajador desde el país occidental, pero ahora que ya está viejo para el fútbol y ha dejado de ser decisivo al máximo nivel, pues como que daría un poco igual. Perdió su momento. Con veinticinco años se propone para una selección conjunta e igual el iberismo se convierte en una opción política seria. María de Medeiros, recién estrenada Pulp Fiction, también hubiera arrastrado masas. A mí el primero. En cuanto a escritores actuales, Gonçalo M. Tavares, que me encanta, se llevaría al menos mi solidaridad. Pero apunta a que llegan tarde o carecen de peso suficiente. Desde este lado podríamos encontrar buenos partidarios de la unión. Me cuadraría que Enrique Vila-Matas, quizá por admiración a Fernando Pessoa, otro gran iberista al que yo idolatro (el título de esta columna, Vivir es ser otro, viene de uno de sus libros), y querer compartir nacionalidad con él, sería un buen postulante a la unión. Además, es catalán.
Es importante su procedencia concreta porque, curiosamente, el fundador del iberismo fue un tal Sinibaldo de Mas y Sanz, señor de curioso nombre nacido en la Ciudad Condal. Publicó, a mediados del siglo XIX un libro de título muy explícito que se considera el germen moderno de esta idea: La Iberia. Memoria sobre la conveniencia de la unión pacífica y legal de Portugal y España. No mucho después, desde el otro lado de la frontera, intentaron mejorar la idea (o no, eso ya depende de cada uno) y Antero de Quental propuso en Portugal perante a Revolução de Espanha el reivindicar una república de carácter socialista con ambos países unidos.
Me choca que en estos tiempos de divisiones cada vez más acentuadas surjan ideas que exploren, ni que sea de un modo romántico y sin grandes pretensiones, el concepto contrario: fusionar países. Suiza y Austria, metidas ambas entre montones de montañas, quedarían bien siendo solo una. Las repúblicas bálticas, cuyos nombres parecen los de tres hermanos: Letonia, Lituania y Estonia. Suecia y Noruega, la República Checa y Eslovaquia… Ah, no, que estos ya estaban juntos antes y, de mutuo acuerdo, se separaron.
¿Cómo se llamaría la unión de Bélgica y Países Bajos? Porque estos últimos han tenido un problema endémico durante mucho tiempo, la confusión de la parte, Holanda, por el todo. Como si a España la llamasen Castilla, por ejemplo. ¿Bélgica Baja? ¿Países Belgas? No, lo he buscado y, parece ser, que ya de paso se comerían también a Luxemburgo e incluso al minúsculo país le darían tres letras del nuevo: Benelux.
Editor de La Pajarita Roja
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