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Opinión | Un libro abierto

Eric Gras

Eric Gras

Coordinador del suplemento cultural 'Quaderns'

Escritores o personajes

¿Puede una obra literaria contener la energía de internet, su naturaleza dispersa? Esa pregunta se formula Kate Zambreno en Derivas (La Uña Rota, traducción de Montse Meneses Vilar), y resulta pertinente para pensar hasta qué punto la red ha transformado nuestra manera de escribir, o de querer escribir. Internet impone una atención fragmentaria: notificaciones, parpadeos, vídeos y estímulos que convierten la concentración en una forma de resistencia.

Es cierto que en la red existe una energía desbordante, aunque a veces se parece más a un agujero negro que todo lo engulle sin dejar rastro. Su celeridad vuelve fugaces muchas cosas y vacía de sentido aquello que apenas hemos tenido tiempo de comprender. Nadie puede negar, sin embargo, que internet ha «democratizado» el acceso a la información y al conocimiento. Tener buena parte del saber acumulado a un clic resulta fascinante, incluso mágico.

Pero esa facilidad también alimenta la ilusión de que todo debe obtenerse sin esfuerzo. De ahí nacen cierta aversión al trabajo, una baja tolerancia a la frustración y la expectativa de un éxito inmediato (sí, ya sé, son temas recurrentes en mis reflexiones, pero es que uno se obsesiona con según qué cosas). Algo parecido ocurre con la escritura. Muchos de quienes aspiran a ser escritores parecen más interesados en convertirse en personajes que en construir una obra. Internet es su aliado; las redes sociales, su escaparate.

El problema, al menos para mí, no es la visibilidad, sino el tiempo perdido en sostenerla y la vaciedad de tantos mensajes, vídeos y reels. A veces da la impresión de que importa más la imagen del escritor que su escritura.

Zambreno, de nuevo en Derivas, lo resume con crudeza: «Todos quieren ser escritores, pero exitosos y famosos». Y añade: «Escribir es una vida de rechazo constante». Tal vez ahí resida la verdadera distancia entre querer parecer escritor y aceptar, de verdad, el oficio de escribir.

Un oficio lento, solitario y poco fotogénico, que exige paciencia, lecturas, dudas y perseverancia, justamente aquello que la lógica vertiginosa de internet hoy parece empeñada en volver intolerable.

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