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Opinión | LA VENTANA DE LA UJI

El síndrome del cuerpo hirviente: los riesgos ocultos del calor extremo

Cada verano, las recomendaciones habituales frente al calor (beber agua, buscar sombra y evitar las horas centrales del día) se repiten como un ritual. Pero hoy resultan claramente insuficientes ante una realidad climática distinta: las olas de calor son más frecuentes, más largas y más intensas, y sus efectos sobre la salud van mucho más allá de la simple deshidratación.

El golpe de calor ya no puede entenderse como un accidente aislado, sino como una emergencia ambiental sistémica capaz de desencadenar un fallo multiorgánico. La medicina distingue dos grandes formas: el golpe de calor clásico, que afecta sobre todo a personas mayores, niños o pacientes vulnerables expuestos a calor prolongado, y el golpe de calor por esfuerzo, que aparece en personas jóvenes sanas sometidas a trabajo físico en ambientes muy calurosos.

Uno de los riesgos menos visibles está en el botiquín doméstico. Muchos medicamentos interfieren con la capacidad del cuerpo para regular la temperatura: algunos reducen la percepción del calor o de la sed, otros alteran la sudoración o la respuesta vascular. Entre los fármacos más implicados figuran antihistamínicos, antidepresivos, diuréticos y betabloqueantes, entre otros, pero, por su uso, merecen especial atención los antiinflamatorios no esteroideos, como el ibuprofeno, que en situaciones de deshidratación pueden comprometer la función renal. Esto no significa que los tratamientos deban suspenderse. Conviene revisar la medicación crónica con el médico antes del verano, sobre todo en personas mayores, polimedicadas o con enfermedades crónicas, sobre todo cardiovasculares o renales.

El calor no solo castiga durante el día, también puede hacerlo de noche. Cuando las temperaturas no descienden lo suficiente, el organismo pierde la posibilidad de recuperarse térmicamente durante el sueño. Las noches tropicales (la temperatura no baja de 20°) y ecuatoriales (temperaturas superiores a los 25˚) prolongan el estrés fisiológico, favorecen la deshidratación y mantienen una carga extra sobre el sistema cardiovascular. La ausencia de «descanso térmico» sabemos que se asocia con un mayor riesgo de problemas vasculares, incluido el ictus, aunque el día anterior no haya sido especialmente extremo.

Superar un golpe de calor no significa que el problema haya terminado. Tras la fase aguda pueden persistir secuelas en riñón, corazón y cerebro. En el riñón, la deshidratación y la rabdomiólisis (destrucción de músculo) pueden dejar lesión aguda y, con el tiempo, favorecer enfermedad renal crónica. En el corazón, el sobreesfuerzo y la falta de oxígeno pueden desencadenar remodelado patológico, arritmias o insuficiencia cardíaca. En el cerebro, el calor altera primero el juicio, la coordinación y la percepción del peligro, y después puede provocar inflamación cerebral, convulsiones y secuelas prolongadas de intolerancia al calor.

El intestino juega un papel decisivo. Durante décadas, el aparato digestivo fue considerado víctima insignificante durante el desarrollo de un golpe de calor. La aparición de síntomas como náuseas, vómitos, o diarreas durante el verano se diagnosticaban como «leves gastroenteritis estivales», simples trastornos por deshidratación transitoria. Sin embargo, en los últimos años la investigación ha revolucionado el concepto: hoy sabemos que el intestino no es una víctima pasiva, sino el verdadero «órgano disparador» e iniciador que dicta la gravedad y el pronóstico en un golpe de calor. Y en el centro se encuentra el ecosistema más complejo de nuestro organismo: la microbiota intestinal. Durante un estrés térmico severo, la sangre se desvía hacia la piel para favorecer el enfriamiento, pero ese mecanismo puede generar riego de los órganos abdominales. La consecuencia es una lesión de la barrera intestinal y una alteración de la microbiota, lo que facilita el paso de toxinas bacterianas a la sangre, aumentando la respuesta inflamatoria. En otras palabras, el intestino no es una víctima pasiva, sino un posible amplificador de la gravedad del golpe de calor.

La lección es clara: el calor extremo no afecta solo al bienestar o al confort, sino a todo el organismo. Prevenirlo exige educación sanitaria, revisión de la medicación, medidas de protección nocturna y vigilancia estrecha de los grupos más vulnerables. En un escenario de veranos cada vez más hostiles, comprender estos mecanismos invisibles es una necesidad de salud pública.

Médico de Familia. Profesor titular de Medicina, Facultad de Ciencias de la Salud. Vicedecano del Grado en Medicina. Universitat Jaume I

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