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Opinión

Fernando Claudín di Fidio

Castellón en llamas: La opinión de Fernando Claudín di Fidio

Castellón no sufre un incendio más: vive por adelantado el futuro climático de España

Imagen del incendio que está afectando estos días la Serra d'Espadà.

Imagen del incendio que está afectando estos días la Serra d'Espadà. / EFE

La Vall d’Uixó amaneció estos días con una imagen que ningún castellonense debería olvidar: una provincia mirando cómo una parte de su patrimonio natural ardía frente a sus ojos. El incendio forestal declarado en la zona ha arrasado ya alrededor de 7.200 hectáreas, ha dejado un perímetro de unos 67 kilómetros, ha obligado a desalojar o confinar a decenas de miles de personas en cerca de una veintena de municipios y ha puesto bajo una presión extrema a los equipos de extinción, con alrededor de 30 medios aéreos trabajando para contener unas llamas que amenazan uno de los espacios naturales más valiosos de la provincia: la Serra d’Espadà.

No estamos ante un incendio más. No es solo la destrucción de miles de hectáreas de monte mediterráneo, de cultivos y de paisaje. Ni la angustia de quienes han tenido que abandonar sus casas mientras veían avanzar el fuego. Lo que ocurre en Castellón es el reflejo local de una transformación mucho más profunda: la llegada de una nueva era de incendios forestales para la que todavía no estamos suficientemente preparados.

Porque la pregunta ya no es cómo apagamos el fuego, sino cómo evitamos que el territorio llegue a convertirse en combustible.

Castellón no es una excepción. España entra en una nueva era de incendios.

Los grandes incendios que han afectado este verano a distintas zonas, incluido el territorio castellonense, han dejado decenas de miles de hectáreas destruidas, municipios evacuados y miles de personas afectadas. En el conjunto del año, la superficie quemada en España supera ya las 150.000 hectáreas, una cifra extraordinariamente elevada y muy por encima de la media habitual de las últimas décadas.

Para entender la magnitud basta una comparación: 150.000 hectáreas equivalen a más de 200.000 campos de fútbol.

Castellón frente al nuevo rostro del fuego

La provincia de Castellón conoce bien los incendios. Forma parte de un territorio mediterráneo donde el fuego siempre ha estado presente. La sequedad estival, los vientos, la vegetación y la orografía montañosa han convertido históricamente a la provincia en una zona vulnerable.

Pero el problema actual es diferente. Los expertos hablan de incendios de sexta generación: fuegos capaces de crear su propia meteorología, generar columnas convectivas gigantes, lanzar pavesas a kilómetros de distancia y cambiar de comportamiento en cuestión de minutos. Son incendios que superan la lógica tradicional de la extinción.

Durante décadas la pregunta fue: "¿Tenemos suficientes medios para apagar el fuego?"

Ahora debemos hacernos otra: "¿Tenemos un territorio preparado para el fuego que viene?" Porque el incendio del siglo XXI no empieza cuando aparece la llama, sino décadas antes, cuando se abandona un monte, desaparecen actividades tradicionales y aumenta la acumulación de combustible vegetal.

Un paisaje convertido en combustible

Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que hemos protegido nuestros bosques pero, en muchos casos, hemos dejado de gestionarlos. Castellón, como muchas provincias españolas, ha sufrido durante décadas el abandono rural. Pueblos con menos población, campos abandonados, cultivos tradicionales desaparecidos y montes con una densidad vegetal creciente.

Durante siglos, el ser humano gestionó el territorio mediterráneo. La agricultura, la ganadería extensiva y los aprovechamientos forestales mantenían un paisaje fragmentado donde el fuego encontraba más dificultades para avanzar. Cuando esa actividad desapareció, la vegetación acumulada transformó muchos espacios naturales en auténticos depósitos de combustible.

Un bosque sin gestión puede convertirse en una bomba esperando una chispa.

El cambio climático ha cambiado las reglas

La segunda gran causa es conocida: el calentamiento global. No se trata de una discusión ideológica. Es física. Un planeta más caliente significa:

  • más olas de calor;
  • más evaporación;
  • menos humedad en la vegetación;
  • temporadas de riesgo más largas;
  • noches menos frescas que impiden recuperar humedad.

El monte mediterráneo está sometido a una presión creciente. Lo que antes era un verano seco puede convertirse ahora en un verano extremo. Lo que antes era un incendio difícil puede convertirse en un incendio imposible.

El heroísmo no puede ser la estrategia

España tiene magníficos profesionales de la extinción. También Castellón. Bomberos forestales, brigadas de emergencia, técnicos, voluntarios y todos los equipos que se enfrentan al fuego realizan una labor extraordinaria. Pero una sociedad moderna no puede depender únicamente del heroísmo. No podemos construir una política forestal basada en esperar al desastre para actuar. Es como tener los mejores hospitales del mundo y abandonar la prevención de enfermedades.

El futuro exige cambiar de mentalidad. Menos emergencia. Más prevención.

Qué necesita Castellón para afrontar el futuro

La provincia necesita un gran pacto forestal y territorial que vaya más allá de cada verano.

Primero, gestionar el monte.

Eso significa:

  • limpieza estratégica de zonas críticas;
  • creación de áreas de discontinuidad vegetal;
  • mantenimiento de cortafuegos modernos;
  • recuperación de agricultura de montaña;
  • impulso de la ganadería extensiva;
  • aprovechamiento sostenible de la biomasa.

La prevención debe convertirse en una actividad permanente, generadora además de empleo rural.

Segundo, apostar por la tecnología.

Castellón debería convertirse en una provincia pionera en prevención mediante:

  • sensores forestales;
  • vigilancia mediante drones;
  • inteligencia artificial para anticipar la evolución del fuego;
  • mapas actualizados de riesgo;
  • sistemas de alerta inmediata para población.

Tercero, dignificar y reforzar los equipos humanos.

Los incendios del futuro requieren profesionales preparados durante todo el año, no únicamente dispositivos activados cuando llega el verano.

Los bomberos forestales no son un gasto. Son una infraestructura de seguridad.

El coste de no actuar

A menudo las políticas preventivas parecen caras porque tienen un coste inmediato. Pero la inacción tiene un precio mucho mayor.

Un gran incendio destruye:

  • masa forestal;
  • biodiversidad;
  • agricultura;
  • turismo;
  • patrimonio natural;
  • viviendas;
  • oportunidades económicas.

El fuego no solo quema árboles. Quema futuro. Cada hectárea perdida representa décadas de recuperación. Cada pueblo evacuado deja una cicatriz emocional. Cada paisaje destruido empobrece la memoria colectiva de una provincia.

La gran pregunta de Castellón

Quizá la mayor enseñanza de estos incendios sea que no estamos ante una catástrofe puntual, sino ante una transformación histórica. El fuego nos advierte que el clima del pasado ya no será como lo conocimos.

Castellón tiene una oportunidad. Puede limitarse a reconstruir después de cada incendio y esperar al siguiente. O puede convertirse en un ejemplo de cómo un territorio mediterráneo se adapta al siglo XXI.

Dentro de unas décadas nuestros hijos y nietos nos harán una pregunta: "¿Por qué, cuando todavía estábamos a tiempo, no hicisteis nada?"

El fuego siempre deja una última lección. Las cenizas son el final de una historia y el comienzo de otra. La decisión está en nuestras manos.

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