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Opinión

Los incendios se apagan en invierno

Cada verano contemplamos las mismas imágenes. Miles de hectáreas de bosque reducidas a cenizas. Pueblos desalojados. Familias que abandonan sus hogares con lo puesto. Bomberos, agentes forestales, militares de la UME y del resto de las Fuerzas Armadas, además numerosos servicios de emergencia luchando sin descanso para contener el avance del fuego. Y, desgraciadamente, demasiadas veces también tenemos que lamentar víctimas mortales.

Entonces llegan las declaraciones institucionales, las promesas de reforzar los medios y las habituales referencias a las altas temperaturas, al viento o a las olas de calor.

Sin embargo, existe una verdad que quienes hemos dedicado parte de nuestra vida a la gestión de emergencias conocemos muy bien:

Los incendios forestales se apagan en invierno.

No en los meses de verano, cuando el fuego ya devora montes y viviendas, sino durante los meses en los que el monte debe prepararse para que, llegado el verano, un incendio no encuentre un inmenso océano de combustible dispuesto a alimentar las llamas.

Durante mi etapa como Segundo Jefe de la Unidad Militar de Emergencias pude comprobar que la inmensa mayoría de los profesionales que intervienen en la extinción comparten una misma convicción: cuando el fuego alcanza determinadas dimensiones, ya no existen soluciones sencillas; recuerdoperfectamente el infierno de los incendios en Cortes de Pallás y Andilla en la Comunidad Valenciana en junio de 2012;entonces, la prioridad pasa a ser salvar vidas humanas y proteger las poblaciones amenazadas, pero la verdadera batalla, sin embargo, debería haberse librado mucho antes.

Por eso sostengo que el principal responsable de la magnitud que alcanzan muchos incendios no es el clima, sino la acción o la inacción del ser humano.

La acción de quienes provocan deliberadamente un incendio o actúan con una negligencia imperdonable.

Y la inacción de quienes, teniendo la responsabilidad de prevenirlos, permiten que miles de hectáreas de monte acumulen durante años maleza, ramas secas y una enorme cantidad de material combustible.

El clima siempre ha cambiado. A lo largo de mi vida he conocido inviernos extraordinariamente fríos y veranos especialmente calurosos. Los fenómenos extremos no son nuevos. Lo que sí depende de nosotros es el estado en que mantenemos nuestros montes y todas las infraestructuras que, de no mantenerlas adecuadamente, pueden convertir un accidente en una catástrofe.

Un bosque limpio, bien gestionado y dotado de cortafuegos adecuados nunca elimina completamente el riesgo de incendio, pero sí reduce enormemente la velocidad de propagación del fuego, facilita la intervención de los equipos de extinción y, sobre todo, protege vidas humanas.

Ésa debería ser la prioridad.

Ninguna política medioambiental puede olvidar que la primera responsabilidad y obligación de cualquier administración consiste en proteger a las personas.

España necesita una auténtica política nacional de prevención de incendios forestales. No basta con disponer de excelentes profesionales y de modernos medios de extinción. Es imprescindible actuar durante todo el año mediante una adecuada gestión forestal, la apertura y mantenimiento de cortafuegos, la limpieza de montes, el aprovechamiento racional de la biomasa y la conservación de una red de pistas y puntos de agua que facilite el acceso de los servicios de emergencia.

Todo ello exige planificación, inversión y continuidad. No puede improvisarse cuando las llamas ya están avanzando.

Al mismo tiempo, debemos recuperar la actividad económica y humana en el mundo rural. Allí donde desaparecen la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento forestal, el monte termina abandonado y acumula año tras año una enorme carga de combustible. Mantener vivos nuestros pueblos no es sólo una cuestión demográfica o económica; también constituye una política eficaz de prevención de incendios.

Existen, además, fórmulas para ampliar de manera significativa los recursos destinados a estas tareas. España cuenta con cientos de miles de personas que reciben ayudas públicas y con internos en centros penitenciarios que, dentro del marco legal y con las garantías necesarias, podrían participar en programas de trabajo orientados a la limpieza y conservación de nuestros montes, a la apertura de cortafuegos y al mantenimiento de infraestructuras forestales.

Creo firmemente que toda sociedad debe basarse en un equilibrio entre derechos y deberes. Quien atraviesa una situación difícil merece el apoyo de todos, pero también debería asumir, siempre que sus circunstancias personales y la ley lo permitan, el compromiso de devolver a la sociedad una parte de lo que ésta le ofrece con el esfuerzo de todos los contribuyentes. No se trata de un castigo, sino de una forma de corresponsabilidad, de dignificación del trabajo y de participación en una tarea de evidente utilidad pública.

Frente a quienes convierten el subsidio en una forma permanente de dependencia, debemos impulsar políticas que fomenten la cultura del esfuerzo, la responsabilidad personal y el servicio al bien común. Limpiar nuestros montes, prevenir incendios y proteger la vida de las personas constituyen objetivos que merecen movilizar todos los recursos humanos disponibles.

Gobernar consiste, también, en establecer prioridades, y la prioridad debe ser invertir en políticas útiles para los españoles, aquellas que protegen su seguridad, conservan nuestro patrimonio natural, fortalecen el mundo rural y hacen un uso responsable de los recursos públicos. Cada euro destinado a prevenir un gran incendio evita pérdidas humanas, económicas y medioambientales infinitamente superiores. Ésa es la diferencia entre gestionar con visión de futuro o limitarse a reaccionar cuando la tragedia ya se ha producido.

La prevención siempre será más eficaz y mucho menos costosa que la reconstrucción.

Cada hectárea que evitamos que arda representa un patrimonio natural conservado, una explotación agrícola protegida, una vivienda que no habrá que reconstruir y, quizá, una vida que no habrá que lamentar.

Los incendios forestales seguirán existiendo, lo que no puede seguir existiendo es la dejadez y la resignación.

España dispone de profesionales extraordinarios y de una capacidad de respuesta reconocida internacionalmente. Lo que necesita es una estrategia sostenida en el tiempo que comprenda que el éxito no consiste únicamente en apagar incendios, sino en impedir que lleguen a convertirse en grandes catástrofes.

Como venimos diciendo en VOX, la primera prioridad de una nación debería ser dedicar sus recursos a aquello que resulta verdaderamente útil y necesario para proteger la vida, el patrimonio y el futuro de sus ciudadanos, en dos palabras: Prioridad Nacional.

Si de verdad queremos reducir la devastación que cada verano contemplamos con impotencia, dejemos de pensar únicamente en cómo apagar los incendios, empecemos, de una vez por todas, a apagarlos en invierno.

Diputado de VOX en el Congreso por Castellón y general de división retirado

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