Opinión
Belén Salvador
Lo que el fuego nos enseña
Una reflexión de Belén Salvador sobre el fuego, la fragilidad de nuestros paisajes y la recuperación de la Serra d’Espadà.

Incendio forestal en la Vall D´Uixó, Betxi, la Vilavella / Fernando Bustamante / LEV
Hoy no escribe Itinerantur. Hoy escribo yo, Belén. Soy ambientóloga y cofundadora de Itinerantur. Llevo muchos años trabajando para que otras personas descubran, comprendan y quieran nuestros paisajes. Pero hoy me cuesta encontrar las palabras.
Hoy escribo desde una tristeza muy profunda. Desde esa sensación de impotencia que aparece cuando un paisaje que amas está ardiendo. Durante una etapa de mi vida trabajé como técnica en la Serra d’Espadà. Mi oficina estaba en Eslida, junto a compañeros y compañeras que estos días han tenido que abandonar sus casas ante el avance del incendio.
Recuerdo perfectamente el trayecto hasta allí. Llegaba a Artana y continuaba por aquella carretera estrecha que, curva tras curva, se adentra en una sierra única. Aparecían las laderas de rodeno, las umbrías, los barrancos y esos alcornocales que convierten Espadán en un paisaje tan especial. Era mi privilegio de trabajar en un paisaje único.

En esta imagen en Chóvar del 2015 trabajaba como técnica del Parque Natural. El alcornoque monumental que aparece a nuestras espaldas es muy posible que se haya quemado. / Itinerantur
Mientras escribo estas líneas, el incendio continúa activo y las últimas estimaciones hablan ya de más de 10.000 hectáreas afectadas. Pero cuando conoces un territorio, las hectáreas dejan de ser solo una cifra. Dentro de ellas hay árboles, sendas, fuentes, cultivos, viviendas y recuerdos. Hay personas que han tenido que marcharse sin saber qué encontrarán al regresar. Y precisamente porque duele, creo que debemos hablar del fuego con emoción, pero también con ciencia.
La ciencia detrás del paisaje
Mi interés por la respuesta de los ecosistemas mediterráneos ante los incendios empezó cuando cursé el Máster en Gestión y Restauración del Medio Natural y realicé mi proyecto final junto al grupo de investigación que trabajaba en el Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo, el CEAM.

Fotos del incendio. La primera la carretera de Artana de camino a Eslida. / Itinerantur
Tuve la enorme suerte de que el proyecto fuera tutorizado por Ramón Vallejo, su subdirector científico y uno de los grandes referentes en restauración ecológica y recuperación de los ecosistemas mediterráneos. Aquel trabajo cambió mi manera de observar la naturaleza.
Fue entonces cuando una palabra empezó a acompañarme hasta el punto de tatuármela años después: resiliencia. En ecología, es la capacidad de un ecosistema para absorber una perturbación, reorganizarse y mantener sus funciones esenciales; para responder, adaptarse y continuar. Pocas palabras definen mejor a la naturaleza mediterránea.
La resiliencia tiene límites
Cuando vemos arder un bosque, nuestra primera reacción es pensar en el fuego como algo ajeno a la naturaleza, pero los incendios forman parte de la historia de los ecosistemas desde antes de la aparición humana.
Mi profesor, Juli G. Pausas, investigador del CSIC y referente en ecología del fuego, estudia cómo la sequía y los incendios han moldeado la biodiversidad mediterránea. En un territorio de lluvias irregulares, calor y suelos pobres, las plantas han desarrollado estrategias como hojas duras, raíces profundas, cortezas protectoras, capacidad de rebrote o semillas que germinan tras el fuego.
La riqueza mediterránea se debe en parte a esa adaptación. Sin embargo, estar adaptado no significa ser invulnerable: incendios intensos o frecuentes pueden impedir la recuperación y hacer desaparecer especies. La clave está en cómo, cuándo y con qué frecuencia arde el territorio.
No podemos eliminar el fuego de nuestros paisajes; debemos aprender a convivir con él, reducir la vulnerabilidad y construir comunidades resilientes. Pero esa convivencia es cada vez más difícil. Durante generaciones, el Mediterráneo fue un mosaico de campos, pastos, bosques y espacios abiertos. La agricultura, la ganadería, la leña o la saca del corcho generaban actividad y reducían la continuidad de la vegetación.
Hoy, cuando coinciden vegetación seca, viento, baja humedad y calor extremo, los incendios pueden superar la capacidad de extinción. Víctor Resco de Dios, profesor de ingeniería forestal y cambio global, denomina Piroceno a esta etapa de fuegos más intensos y difíciles de controlar. La naturaleza mediterránea es resiliente, pero su resiliencia tiene límites.
Después del fuego, primero el suelo
Lo que aprendí durante mi trabajo “Estudio de la restauración post-incendio en el P.N. del Desierto de las Palmas” con Ramón Vallejo fue que, después de un incendio, la prioridad, lo primero que debemos proteger es el suelo. Cuando desaparece la vegetación, las lluvias pueden arrastrar cenizas, materia orgánica, nutrientes y semillas. En laderas pronunciadas, una tormenta intensa puede llevarse en pocas horas un suelo que ha tardado siglos en formarse.
Por eso no siempre conviene entrar de inmediato a retirar madera o plantar. Antes hay que evaluar la severidad del fuego, observar la regeneración natural, identificar el riesgo de erosión y decidir dónde intervenir. Restaurar no es reconstruir cuanto antes la imagen anterior, sino recuperar procesos: conservar el suelo y el agua y permitir que el ecosistema vuelva a funcionar.
¿Qué necesita cada lugar para ser ecológicamente funcional y, al mismo tiempo, menos vulnerable? Después de cada gran incendio escuchamos la misma frase: “Hay que limpiar el monte”. Pero la buena gestión consiste en entender qué necesita cada lugar.
A veces será necesario hacer clareos selectivos, otras, recuperar bancales, favorecer alcornocales, mantener el pastoreo, crear discontinuidades estratégicas o aplicar quemas prescritas bajo control técnico. No existe una receta universal. Además, no habrá montes cuidados sin pueblos vivos. Recuperar el mosaico agroforestal exige agricultores, ganadería, aprovechamientos forestales sostenibles, relevo generacional y una economía rural que permita vivir en el territorio.
España, por suerte, posee una gran capacidad técnica para extinguir incendios, pero sigue teniendo dificultades para afrontar estas causas estructurales: el cambio climático, el abandono rural, la continuidad de la vegetación y la falta de una gestión global de las zonas forestales.

Gracias a todos los bomberos, brigadas forestales, agentes medioambientales, cuerpos de seguridad, personal sanitario, voluntarios y equipos de emergencia que están trabajando sin descanso frente al fuego. / Bombers Diputació de Castelló.
Mi deseo para Espadán
Cuando el fuego se apague empezará una etapa menos visible, pero igual de importante: decidir cómo se recupera todo lo que ha ardido. En España, más del 70 % de la superficie forestal es de propiedad privada. Cualquier política forestal ambiciosa debe contar con sus propietarios, pero también con mecanismos públicos capaces de actuar cuando estén en juego la seguridad y el interés común. Los incendios no se detienen ante los límites de una parcela. Por eso, cuidar nuestros paisajes debería ser una cuestión de Estado y una responsabilidad sostenida.
Ojalá esa gestión se haga con calma, criterios científicos y atendiendo a las investigaciones más recientes. Que no se actúe por impulso ni por la necesidad de ofrecer respuestas rápidas, sino después de observar qué necesita cada zona.
Las intervenciones ajenas a la complejidad de lo vivo no sirven. Ojalá existieran soluciones rápidas y sencillas. Pero las promesas que no impliquen cambios de fondo resultan cada vez menos creíbles. Necesitamos transformar profundamente las relaciones entre las personas, la economía y el territorio para afrontar situaciones que han dejado de ser excepcionales y se están volviendo estructurales. Hay conocimiento y propuestas en las escalas local, regional y estatal. La cuestión es si estamos dispuestos a convertirlas en decisiones reales, sin dejar a nadie atrás.
Quizá incendios como este deberían recordarnos nuestro pequeño lugar en el planeta, porque cuando las fuerzas de la naturaleza se intensifican descubrimos nuestra fragilidad y comprendemos cuánto dependemos del suelo, del agua, de los bosques y de un clima habitable.
Eso es lo que deseo para Espadán: que pueda recuperarse a su ritmo y que seamos capaces de estar a la altura. Cuidando sus suelos, sus aguas, sus alcornocales y a las personas que mantienen vivos sus pueblos. Espero también que se escuche y apoye a quienes cuidan el paisaje cada día: agricultores, ganaderos, propietarios forestales, trabajadores del corcho y vecinos.
No quiero pensar que tengamos que esperar al próximo incendio para hacernos las mismas preguntas. La naturaleza mediterránea lleva millones de años aprendiendo a convivir con el fuego. Ahora nos toca reconocer nuestra fragilidad, asumir nuestra responsabilidad y cuidarla como se merece.

Aquí compartimos con un grupo la belleza de Les Penyes Altes de Artana. Hoy, pensar que este paisaje también ha sido alcanzado por el fuego resulta difícil de asumir. Un lugar lleno de vida, recuerdos y experiencias que ya forma parte de nuestra historia. / Itinerantur
Belén Salvador, ambientóloga, cofundadora de Itinerantur y antigua técnica del Parque Natural de la Serra d’Espadà.
- La Guardia Civil mueve ficha en Alcossebre: adjudica por 84.529 euros las obras de su cuartel-residencia
- Aemet avisa de una situación meteorológica 'muy adversa' en Castellón: las máximas llegarán a los 42 grados
- Los talleres de coches de Castelló se quedan sin citas ante la tormenta perfecta del verano
- Los hoteles de Castellón amenazan de nuevo con dejar el Imserso: 'Las pérdidas son inasumibles
- Así será el ‘Central Park’ de Vila-real: casi 7.000 metros cuadrados de jardín junto a Sant Pasqual
- Javier Gallego, vicepresidente de Hosbec en Castellón: 'El Imserso ha llegado a tal nivel de pérdidas que tenemos que cerrar el hotel
- Cuenta atrás para levantar el nuevo Eurosol de Benicàssim: Así será el nuevo complejo
- Álex Calatrava ya brilla en Primera: así fue el debut del traspaso récord del Castellón