Opinión
Los incendios se apagan en inverno (II)
El fanatismo climático también alimenta el fuego
En mi artículo anterior defendía una idea que muchos profesionales conocen desde hace décadas: “los incendios forestales se apagan en invierno”. La prevención, la gestión del monte y el mantenimiento de nuestros bosques son mucho más decisivos que cualquier dispositivo de extinción cuando las llamas ya se han desatado.
Sin embargo, existe otra cuestión de la que apenas se habla y que merece una reflexión serena.
Durante demasiados años se ha impuesto un relato según el cual prácticamente todo cuanto sucede tiene una única explicación: El cambio climático.
Da igual lo que sea, un incendio, una inundación, la sequía…, la explicación siempre es la misma.
Y cuando existe una explicación para todo, en este caso la misma, desaparecen las responsabilidades de quienes tienen la obligación de gobernar.
No niego que el clima influya. Sería absurdo hacerlo. El clima siempre ha influido y siempre cambiará. Lo que rechazo es el fanatismo climático que pretende convertir esa realidad en una coartada permanente para justificar la inacción.
Resulta mucho más cómodo culpar al clima que reconocer que durante años se han abandonado los montes, se ha despreciado el conocimiento acumulado por generaciones de agricultores, ganaderos y profesionales forestales y se ha sustituido el sentido común por el dogmatismo ideológico.
Mientras tanto, alrededor del cambio climático ha ido creciendo toda una industria política y burocrática. Organizaciones, observatorios, asesores, campañas, subvenciones y discursos que encuentran en ese relato su razón de ser y, en muchos casos, también su forma de vida.
No todos actúan de mala fe, pero sí demasiados hablan de aquello que nunca han vivido.
Muchos conocen el bosque desde la ventanilla de un coche oficial, desde un despacho climatizado o desde un lugar de descanso fuera de las grandes urbes.
Muy pocos desde el trabajo diario sobre el terreno.
Y quienes durante siglos aprendieron a convivir con el monte han sido tratados, con frecuencia, como si fueran los ignorantes.
La realidad, sin embargo, termina imponiéndose.
Quisiera hacer una pregunta muy sencilla a quienes durante años han convertido el ecologismo ideológico en una especie de religión civil:
¿Dónde están ahora aquellas especies de fauna y flora que decían proteger?
¡La respuesta es dramática: quemados! Muchas especies de fauna y flora han desaparecido bajo las llamas.
Me gustaría enviar un mensaje explícito a los ecologistas de salón: Un bosque abandonado no protege la naturaleza, la condena.
La naturaleza no necesita consignas, necesita gestión, limpieza, mantenimiento y sentido común cuando tiene que convivir con la civilización y las personas.
Y, por supuesto, necesita gobiernos que asuman sus responsabilidades en lugar de buscar siempre un culpable externo y con ello, ya han resuelto el problema.
Tampoco podemos seguir mirando hacia otro lado respecto a quienes provocan los incendios.
España necesita un endurecimiento de las consecuencias para quienes incendian deliberadamente nuestros montes o actúan con una negligencia gravísima. Atentar contra un bosque es atentar contra vidas humanas, contra el patrimonio natural, contra el mundo rural y contra el futuro de generaciones enteras.
Al mismo tiempo, toda actuación administrativa que ignore de forma persistente la experiencia técnica y las consecuencias previsibles de determinadas políticas debe estar sometida al máximo nivel de responsabilidad política y, cuando corresponda conforme al ordenamiento jurídico, también a las responsabilidades que la ley establezca. Gobernar no consiste sólo en reaccionar ante las tragedias, consiste, sobre todo, en anticiparse para evitarlas.
Cada gran incendio debería investigarse hasta sus últimas consecuencias. También para determinar si detrás existen intereses económicos ilegítimos o actuaciones que hayan podido beneficiarse del desastre. La sociedad tiene derecho a saber quién provoca un incendio, quién se beneficia de él si alguien lo hace y quién dejó de hacer aquello que podía haber reducido sus consecuencias.
El fanatismo nunca ha protegido un bosque, la propaganda nunca ha apagado un incendio y los eslóganes no sustituyen a la gestión.
El fuego no entiende de consignas políticas pero sí distingue perfectamente entre un bosque cuidado y otro abandonado.
Diputado de VOX en el Congreso por Castellón y general de división retirado
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